martes, 24 de abril de 2018

Zilda Arns. La Madre Teresa de Brasil



Ocho años después del trágico terremoto de Haití, es un buen momento como otro cualquiera para no olvidar a las víctimas, las que murieron y las que aún sobreviven; y para recordar a quien murió aquel fatídico 12 de enero por llevar un poco de esperanza a los niños haitianos después de haber dedicado su vida a los niños más pobres de Brasil.


“Tantos años protegiéndola de las balas, de la guerra, y cuando por fin va a Haití, muere por un terremoto”. Se lamenta la hermana Mayu, aún compungida por la noticia. El día 12 de enero, la Dra. Zilda Arns, fundadora de Pastoral da Criança, su maestra, su amiga, murió en Puerto Príncipe a los 75 años. Unos días antes, había interrumpido las vacaciones junto a sus nietos porque “me han llamado los obispos de Haití para explicar la Pastoral; esto es muy importante y yo quiero ir, yo tengo que ir”. Llevaba años esperando este momento, pero la Embajada siempre le denegaba el permiso, por su seguridad. El 10 de enero estaba en Haití para dar una charla en la Conferencia Nacional de los Religiosos del Caribe. Dos días después yacía bajo los escombros de una Iglesia derruida por el terremoto. Sepultada donde ella quería estar, donde siempre había estado, con los más pobres, en el país más pobre de América Latina.

La Dra. Arns, Médica Pediatra, Especialista en Salud Pública, representante titular de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil en el Consejo Nacional de Salud, miembro del Consejo Nacional de Desarrollo Económico y Social de Brasil, Presidenta de la Comisión Intersectorial de Salud Indígena, madre de cinco hijos y abuela de diez nietos, dedicó la mitad de su vida a la caridad a través de causas humanitarias y solidarias en el área de la salud, especialmente en el combate contra la desnutrición y la mortalidad  materno-infantil. Para millones de brasileños fue una de las personalidades más importantes de la historia de su país; amada, respetada y admirada no sólo por la Iglesia sino también por la sociedad civil en general, Zilda Arns dejó tras su muerte una de las organizaciones en defensa de la infancia más importantes, eficaces y extraordinarias del mundo, con más de 270.000 voluntarios atendiendo a más de 2 millones de niños cada mes: la Pastoral da Criança/Pastoral de la Niñez. Una obra inmensa como Brasil, gigantesca como su pobreza.


Si a la familia va bien, al niño va bien
“El mundo puede ser mucho mejor si nosotros velamos por él con una mirada de fraternidad, donde todos tengan pan para comer, esperanzas y todos lleven dentro de su corazón la voluntad de servir al prójimo”. Esta idea es la que levantó, junto al cardenal Majela (entonces Arzobispo de Landrina) y con el apoyo de la Conferencia Nacional de los Obispos de Brasil, la Pastoral da Criança en el pequeño pueblo de Florestópolis, que entonces padecía el más alto índice de mortalidad infantil de todo Brasil. Era el año 1983, y fue el comienzo de una extraordinaria historia de amor, coraje, dificultades, heroísmo y esperanza. Sobre todo, de esperanza.

En Florestópolis, Zilda Arns desarrolló una metodología comunitaria basada en la multiplicación del conocimiento y de la solidaridad entre las familias más pobres, inspirándose en el milagro de la multiplicación de los cinco panes y dos peces que saciaron a cinco mil personas, sin contar mujeres y niños. La educación de las madres por los líderes comunitarios capacitados (voluntarios) resultó la mejor forma de combatir la desnutrición y la mayor parte de las enfermedades fácilmente prevenibles, y también la violencia y la marginación de los niños. Acciones sencillas que se pueden reproducir fácilmente, como la lactancia materna, el suero casero, las vacunas, el control nutricional y los cuidados durante el período prenatal alcanzaron gran éxito. “Si a la familia le va bien, al niño también le va bien”, sentenciaba la Doctora.

El método es sencillo: mejorar las condiciones de vida de las mujeres para que sus hijos nazcan fuertes y sanos, con todo su potencial; y una vez nacidos, desarrollar un proyecto educativo integral, hasta los seis años. Un desarrollo físico, social, mental, espiritual y cognitivo, del que depende su futuro. Se trata de enseñar a las madres a conocer y prevenir enfermedades, educarlas para atenderse y atender a sus hijos, alfabetizarlas para que aprendan y comprendan. Los testimonios agradecidos de las madres siempre emocionaban profundamente a la Dra. Arns: “Yo era ciega, tenía los ojos cerrados; la Pastoral me los ha abierto: ahora sé leer unas letritas”. Luego, a esa educación irremplazable es necesario añadir valores de esfuerzo, solidaridad, autoestima; Zilda Arns lo tenía muy claro: “no se puede vivir de la limosna de la ONG o del Estado, eso sólo crea dependencia. Si se acaba la ‘vaca’ ya no hay leche. Hay que aprender a ser autosuficientes”.

270.000 voluntarias contra la pobreza extrema
Pero lo más importante es siempre llegar “abajito”, como decía ella, estar dentro, en el corazón de cada comunidad, de cada casa, de cada familia. En la periferia de las grandes ciudades, en los bolsones de miseria de los pequeños municipios de Brasil, en los monstruosos basureros, en las violentas favelas, en los pueblos perdidos, allí donde sobreviven los más pobres entre los pobres, y dentro de éstos, los más indefensos: las mujeres y los niños.


Para llevar a cabo esta misión, la Pastoral da Criança cuenta con una fuerza humana y espiritual inmensa, un verdadero ejército de 270.000 voluntarias (el 92% son mujeres), que llegan a cada rincón, a cada familia, a cada niño. Todos los meses, miles y miles de líderes comunitarias suben montes bajo un sol ardiente, o bajo la lluvia, llegan en canoa hasta los “palafitos” (casa de madera en el mar), atraviesan pantanos, se lastiman en caminos de piedra y espinos, a pie, a caballo, en bicicleta o en barca, sin medir sacrificios, sin pedir nunca nada. Para que “todos los niños tengan vida y vida en abundancia” (Jn 10, 10). En palabras de la Doctora Arns, el trabajo ingente de estos voluntarios tiene “un verdadero espíritu misionero, de amor ardiente que no espera, sino que sale al encuentro y tiende la mano a los que más lo necesitan. Un trabajo ecuménico y sin prejuicios, siguiendo lo que nos enseñó el mismo Jesús.” Mayu, su fiel Mayu (la hermana Mª Eugenia Arena, Asesora de la Pastoral da Criança Internacional) relata hasta qué punto se emocionaba cuando esas mujeres le decían: “antes yo no era persona, ahora me siento una doctora” “quiero trabajar hasta el fin de mi vida para salvar a los niños de mi comunidad, lo mismo que fueron salvados los míos”.

Generosidad, gratitud, entrega, fe; en un mundo egoísta, ingrato y vacío, ellas dan sus vidas por los demás, cada día, sin pedir nada, en los rincones más pobres y duros de las ciudades y los suburbios. Tal y como lo hizo su “jefa”. Mayu cuenta su propia experiencia cuando visitó un gigantesco basurero de Curitiba, donde vivían y trabajaban las familias en situación de extrema pobreza: “Era casi un everest de basura revuelta, suciedad, mal olor, calor… Allí cada mes llegan las líderes comunitarias arriesgándose para hacer el seguimiento de los niños de familias que están en peor situación aún que ellas. ¡Aquí está Dios!, en este trabajo oculto que salva vidas, pensé”.


Hoy, 35 años después, la Pastoral acompaña mensualmente a dos millones de embarazadas y niños menores de seis años, y a un millón cuatrocientas mil familias pobres, en 4.060 municipios brasileños. Se han reducido en más de un 50% la mortalidad infantil y se ha controlado la desnutrición. Se ha llevado la dignidad y los derechos allí donde antes sólo había violencia y pobreza extrema. Su método ha sido adoptado en países de África, Asia y América Latina (Bolivia, Colombia, Guatemala, Panamá, México, Venezuela, Paraguay… el siguiente iba a ser Haití).

Pero esos millones de niños no se quedan huérfanos, tras la muerte de su doctora. Ya hace tiempo que una religiosa excepcional dirige la organización, apoyada por el propio hijo de Zilda Arns, Nelson, que ha sido coordinador adjunto de su madre durante 26 años. No se quedan huérfanos, aunque sí un poco más tristes y un poco más solos. Como la joven Ceiça, sorda de un oído debido a las palizas que recibió de niña, y una de sus más fieles colaboradoras, que recuerda las palabras de la Dra. Arns con los ojos humedecidos por la tristeza: “Amar es acoger, amar es comprender, amar es hacer que otro crezca”. Ella lo sabe bien, pues fue uno de esos millones de niños que salieron de la miseria y crecieron al amparo de la Pastoral da Criança.

En España, Tierra y Vida
En España, el espejo de la obra de Zilda Arns es la Asociación Tierra y Vida, ong fundada en 1999 para disminuir la mortalidad infantil, defender los derechos de los niños y mejorar sus condiciones de vida, en América Latina y Caribe. La educación como instrumento de desarrollo y cambio. Han atendido ya a más de 30.000 niños, pero su labor y sus voluntarios necesitan nuestro apoyo para poder llegar a más. Ayudar es muy fácil, sólo hay que entrar en www.asociaciontierrayvida.es y donar la cantidad que quieras; o hacerte socio. No te imaginas lo que pueden dar de sí unos pocos euros en manos de Mayu Arena y su equipo.



















lunes, 23 de abril de 2018

Rafa Nadal como metáfora


Uno, lo reconozco, tiene una especial debilidad por Rafa Nadal. No como personaje sino como persona; no como héroe lejano al que admirar sino como ser cercano al que imitar. Como ejemplo de lo que debe ser un gran deportista y, por encima de todo, como ejemplo de lo que significa ser una gran persona. Rafa Nadal es un tipo próximo, humilde, sencillo, honesto, optimista, generoso, responsable, sacrificado… enormemente sacrificado. Cuenta su tío y entrenador, Toni Nadal, que no ha entrenado ni jugado un solo día desde 2005 sin sufrir tremendos dolores; dolores que se aguanta en lo más hondo y, pasados por el tamiz de su espíritu luchador y su indestructible disciplina, transforma en fuerza ganadora.

Por eso, en esta España de corruptelas, ambiciones desmedidas, envidias, irresponsabilidad generalizada, trampas, vanidades y egoísmos rayanos en el crimen contra la humanidad, la imagen de Rafa Nadal mordiendo trofeo tras trofeo después de muchos meses de forzada y dolorosa sequía, se me antoja la imagen viva de lo que necesitamos para levantar esto. No me refiero al hecho de la victoria en sí, sino al esfuerzo, el sacrificio, el aguante, el pundonor, el tesón, la entrega, la autoexigencia y la ilusión que han llevado a un Rafa lesionado –para algunos incluso acabado- a ser de nuevo un Rafa ganador, el indiscutible número uno. Sin victimismos, sin atajos, sin excusas, tres vicios a los que somos tan aficionados en esta España de urdangarines, bárcenas, eufemianos, sindicatos de cinco tenedores y portadas del Interviú como paradigma del éxito social.

La lección de Rafa, la que nos lleva inculcando día a día desde hace tantos años, se puede resumir en una palabra, en un concepto, en un valor (tan en desuso hoy día): Responsabilidad. Como botón, esta anécdota de infancia incluida en el libro Lo que de verdad importa (que he tenido el privilegio de escribir para la Fundación LQDVI):

«En un mundo en el que rehuimos fácilmente cualquier culpa, Rafa se acostumbró desde muy pequeño a que la responsabilidad era siempre suya; hasta tal punto que a veces se pasó: sucedió en un torneo al que Toni acudió con Rafa y otro pupilo; observaba el juego de este último cuando un amigo le dijo que creía que su sobrino estaba jugando (y perdiendo) con la raqueta rota; Toni acudió a la pista y, efectivamente, la raqueta de Rafa estaba rota. Al terminar el juego le dijo: “¿Oye, no crees que deberías saber a estas alturas cuándo tu raqueta está rota?” Y Rafa le respondió: “Es que estaba tan acostumbrado a tener siempre yo la culpa, que pensé que el que jugaba mal era yo, no la raqueta”».

Este es Rafa Nadal. El de las gestas de Wimbledon y Rolland Garros, el talismán de la Copa Davis, el de las dolorosas derrotas; el mismo que decidió compartir su sonrisa y su ilusión con los deportistas menos privilegiados en la ciudad olímpica de Pekín, en lugar de acomodarse en el hotel de cinco estrellas que correspondía a su estatus. El mismo que anima a su Selección cubierto literalmente de rojigualda o el que se parte de risa rodando un anuncio benéfico con su íntimo amigadversario Federer.


"Si dijera que ganar lo que he ganado me ha dado mucha felicidad, no sería demasiado exacto. Las satisfacciones que me ha dado mi carrera responden más a cómo he conseguido las cosas que a las cosas que he conseguido", escribe Rafa Nadal en el prólogo del libro Lo que de verdad importa. "Y yo creo que esto es extrapolable a todos los ámbitos de la vida. Nuestros logros, nuestros objetivos conseguidos deberían responder a unos valores que parece que tenemos olvidados o que nos gusta olvidar. Si he conseguido lo que he conseguido a nivel profesional, ha sido por poner en práctica toda una serie de principios que no están justamente valorados: el trabajo, el esfuerzo, la superación, el respeto, la capacidad de aguante y la ilusión". Valores universales que todos deberíamos practicar para entender lo que de verdad nos convierte en seres humanos, en seres sociales, y que son los únicos que deberíamos admirar. Porque, como afirma Rafa, son los únicos que nos pueden proporcionar la felicidad. La verdadera felicidad, que no es la del dinero fácil, ni la del éxito superficial, ni la del poder a cualquier precio.

Aún estamos a tiempo, creo. De dar la vuelta a esta sociedad sin valores, sin principios, sin metas para recuperar la esencia de lo que deberíamos ser. Esfuerzo, generosidad, sacrificio, ilusión, responsabilidad… Los valores están ahí, sólo tenemos que volver a asumirlos como propios. Nos lo recuerda Rafa Nadal como sólo él sabe hacerlo: con un mordisco y una sonrisa. Esa sonrisa de Rafa, esa alegría innata, que es una carga inagotable de energía positiva que nos llena el depósito de optimismo cada vez que aparece en los medios. Muerda o no muerda trofeo.

¡Gracias, Rafa!



jueves, 19 de abril de 2018

Yabba Dabba Dooo! Los Picapiedra, qué modernos estos prehistóricos



Hace unos 70 o 7.000 años (milenio arriba, milenio abajo) nació Fred Flintstone. Exactamente el mismo día que su vecino e inseparable Barney Rubble. Y, casualidades de la vida, también el día que nacieron sus sufridas esposas, Wilma y Betty. Y su mascota, el dinosaurio Dino. Y el troncomóvil. Y el cuernófono. Y los piedrólares… Y una de las series de dibujos animados más exitosas, populares e inmortales de la historia. O de la prehistoria.

En España, los Flinstones se llamaron los Picapiedra. Pedro y Vilma Picapiedra. Y sus vecinos, los Rubble, se convirtieron en Pablo y Betty Mármol. Aquí, como en medio mundo, la serie tuvo el mismo éxito que en Estados Unidos, que en su día batió el récord de capítulos, 166, a lo largo de seis años ininterrumpidos de emisión en la cadena ABC. Luego llegaron décadas de reposiciones, capítulos especiales, continuaciones, cine, homenajes… Pero no nos adelantemos, que vamos en troncomóvil. Regresemos al principio de la historia.

Los Picapiedra estaba ambientada en la ciudad de Piedradura (Bedrock), y contaba la vida cotidiana de una típica familia de clase media americana en los años 50-60, trasladada a la Edad de Piedra. Las tramas, aunque aparentemente infantiles e inocentes, en el fondo se dirigían también al público adulto con sus pícaros diálogos, su divertida crítica a las costumbres de la época (la barbacoa, el ‘boliche’, el drive-in cinema, el coche familiar), sus visionarios avances tecnológicos y sus continuas referencias a la guerra de sexos (la escena de Pedro aporreando la puerta al grito de ¡Vilmaaaa! ha marcado a varias generaciones); o tocando temas “mayores” como la maternidad y la infertilidad (Vilma se queda embarazada; los Mámol tienen que adoptar), la ludopatía, el consumismo desenfrenado o las complicadas relaciones familiares.


Los personajes llegaron incluso a protagonizar varios anuncios de Winston, patrocinador de la serie hasta 1963 (hoy sería impensable ver a Pedro y Pablo fumando relajadamente un cigarrillo mientras sus esposas realizaban los trabajos del hogar). Y por rematar el legado adulto de Los Picapiedra, una curiosidad: la sintonía de la serie (“Meet The Flinstones”) es una derivación del 2º movimiento de la Sonata para Piano nº 17 de Beethoven. Bastante más animada, claro.

La serie se convirtió muy pronto en un verdadero icono popular y fueron los primeros dibujos animados en horario prime time, y también los primeros de la TV emitidos en color, en 1962. Y unas décadas antes que los Simpson (que tanto les deben, por cierto) presentaron una extensa y divertidísma galería de artistas invitados: Ann-Margrock, Stony Curtis, Rock Hudson, Alfred Hitchrock… y hasta Bond, Fred Bond, en el primer largometraje de la serie, El superagente Picapiedra (“The Man Called Flintstone”, 1967). El show de Los Picapiedra mantuvo su récord como la serie animada más larga durante 31 años, desde su cancelación en 1966 hasta 1997, año en que fue superada, precisamente, por Los Simpson.

Después de 1966 llegaron otras secuelas y variaciones, meras sucedáneas que no se acercaron ni de lejos al original. Ni en ingenio, ni en humor, ni en transgresión. En 1994, el mismísimo Spielberg se atrevió a producir la versión “en carne y hueso” de Los Picapiedra para el cine, con un resultado más bien decepcionante, salvo la presencia del gran John Goodman (que indudablemente nació para ser Pedro Picapiedra) y el luminoso descubrimiento de Halle Berry (un talento y una belleza desde luego mucho mejor aprovechados en películas posteriores). Increíblemente, el experimento se repitió en el año 2000, esta vez además sin Goodman y, lo que es peor, sin Halle Berry. 


Casi 70 años (o 7.000) después de su creación por los genios William Hanna y Joseph Barbera, los Picapiedra siguen encandilando a generaciones de espectadores en todo el mundo. ¿Su secreto? Tal vez saber reflejar con enormes dosis de ingenio e ironía la familia media de la sociedad occidental de las últimas décadas, que es la misma en cualquier país y en cualquier época. ¿O quién no lanza un eufórico “¡Yabba Dabba Dooo!” cuando suena la pterodáctilosirena que marca el fin de la jornada laboral?




viernes, 13 de abril de 2018

Yo crecí en los ochenta y sobreviví



«Yo crecí en los ochenta y sobreviví / haciendo la grulla de Karate Kid», canta el Reno Renaldo en ese homenaje heavy, certero y bizarro a toda una generación, la suya y la mía, que resultó tan extraordinaria en tantos frentes. Algo debe de tener, digo, cuando se está regresando una y otra vez a ese punto preciso del pasado, con DeLorean o sin él, tirando de condensador de fluzo o de sana nostalgia. Ya sabemos que en esto del ciclo de la vida al final todo vuelve, sea cual sea la época a la que se vuelve o desde la que se vuelve.

Pero lo cierto es que lo que está sucediendo con el revival ochentero va un poco más allá de la simple moda o el retorno de un grupúsculo de nostálgicos a su feliz y desprendida juventud. Remakes de series y películas –de Mazinger Z a Starsky y Hutch, pasando por los Cazafantasmas, MacGyver, el Equipo A o los mismísimos Karate Kid y su eterno rival Johnny Lawrence, que vuelven al cine 34 años después con los actores originales-; revisiones de mitos eróticos, históricos, cinéfilos, estilísticos o súperheroicos; libros de EGB que nacen como álbum de recuerdos y acaban convirtiéndose en bestsellers y en giras musicales multitudinarias; monólogos que duran en cartel más que el conejito de Duracel; resurrecciones –a veces forzadas, todo hay que decirlo- de grupos o restos de grupos o grupos de un único superviviente de la célebre Movida; añoranza de libertades, pequeñas revoluciones o grandes victorias generacionales –a veces sobrevaloradas, todo hay que decirlo-…


Una generación de transiciones

Y es que la nuestra fue una generación especial, diferente, única en su especie. La generación del baby boom (records de natalidad, nada menos). Y también la generación de la Transición. En realidad, la generación de las transiciones. Muchas y variadas. Políticas, culturales, sociales, morales, tecnológicas. La transición del blanco y negro al color, del vinilo al CD, del mueble tocadiscos al Walkman; y también de la máquina de escribir al Mac, o del teléfono de ruedecita que solo servía para llamar y ser llamado a tener el mundo en el bolsillo; de la inocente Casa de la Pradera a la erótica cañí de Nadiuska y la Cantudo, de un canal y medio en la tele al infinito vídeo club, un mundo; de la inocencia y la seguridad al tsunami de las drogas y el sida; de la uniformidad monocromática a la explosión multicolor y multitodo de la moda juvenil; de la pandi de toda la vida a la tribu urbana (o eras heavy, rocker, pijo, siniestro, mod, tecno, punk, gótico, quinqui, etc. o no eras nada. Yo era nada); de la crisis económica brutal al yuppismo salvaje; de los pseudo vídeos musicales con ballet Zoom de fondo a la revolución visual y conceptual del Thriller de Michael Jackson… y lo que vino detrás; del cuarto de jugar y el geyperman a los salones de juegos y las maquinitas… y lo que vino detrás. En fin, del gris al arcoíris, por resumirlo fácil. O de la dictadura a la democracia, que en realidad fue la mecha que lo encendió todo.

Fue una época rica en cambios -bruscos, inesperados, acelerados, radicales, extremos incluso-. Y para muchos de ellos no estábamos preparados, ni nosotros como adolescentes, ni nuestros padres como responsables, ni siquiera la sociedad como garante de la cosa en general. A todos, sin excepción, el ciclón de los ochenta nos pilló con la guardia baja; en pelotillas, para entendernos. Sus luces y sus sombras. Y hubo mucho de ambas.

Pero vayamos por partes.




En el principio fue la infancia

¿Y qué tuvo nuestra infancia que no han tenido las de las siguientes generaciones? (¡pobres!) Pues para empezar, infancia. Esto es, juegos, imaginación, peligro, inquietud, espíritu aventurero, diversidad, ¡libertad! Aunque haya quien piense lo contrario. ¿Sobreprotección? ¡No, gracias! Nos jugábamos la vida en columpios de hierro, con aristas y caída en gravilla; o viajando en la perrera del R12 familiar, sin cinturón, claro; o moviéndonos en vespino, sin casco y con los cascos del walkman a todo volumen. Y jugando al churro/media manga/manga entera (¿mangotera?) o fustigándonos las palmas de las manos con un cinturón, víctimas del “rey verdugo”. O bebiendo lactosa, y comiendo gluten y bocadillos de mantequilla con azúcar o de tableta de chocolate. Sin peligro de obesidad. Porque no parábamos. Porque eso del sedentarismo no existía. Porque nuestra pantalla era la realidad, en tecnología HD y 3D integral, cien por cien táctil (a veces, dolorosamente táctil). Y todo aquello nos hizo fuertes. Despiertos. Proactivos. Y sin duda menos caprichosos (¿Recuerdan el anuncio aquél de “¡Un palo, un palo!”? Pues eso).


Una televisión educativa y entretenida

Aunque suene paradójico, teníamos pocos canales donde elegir y los programas estaban hechos con muy pocos medios, pero había más libertad y más calidad, porque no éramos presos de la corrección política ni de las tiránicas audiencias. Siendo objetivos, no creo que exista un programa de entretenimiento que haya superado al Un Dos Tres; ni un programa infantil que llegue a la suela de los zapatones a Los Payasos de la Tele; o un divulgador de la naturaleza con el carisma, la credibilidad y la poesía de Félix Rodríguez de la Fuente. Y quizá hoy nuestros hijos tengan Juego de Tronos, Big Bang o Cómo conocí a vuestra madre… pero nosotros tuvimos Starsky y Hutch, Canción triste de Hill Street, Roseanne y Aquellosmaravillosos años, que es quizá la mejor serie que haya parido la televisión (y la mejor BSO); y a los insuperables Roper y La chicas de oro, y al simpar Benny Hill, que hoy coleccionaría dardos feministas por millones. ¡Y teníamos M.A.S.H.! Y El Coche Fantástico, que era malísima pero nos encantaba. Y antes tuvimos a Heidi y a Mazinger Z (40 años ya) y a los Teleñecos (los auténticos, sin el Espinete ese, por favor), y a Bugs Bunny y el pato Lucas; y a la anárquica y genuina Pippi y a los geniales Picapiedra, cuando eran realmente geniales. Antes del cine.

Veíamos la tele en familia (¡se podía ver la tele en familia!), y en general había humor sano, imaginación y mensaje; simplicidad y profundidad a un tiempo. Había Responsabilidad. Programas realmente didácticos y series que transmitían valores universales y nos trataban con mucho respeto. Nos hacían felices al tiempo que nos iban convirtiendo en mejores niños y en mejores adolescentes. La tele -sí, la tele- trataba de educar, además de entretener. A pequeños y adultos. Ya nos pervertiríamos nosotros solos con el tiempo.




Luces de la ciudad

Y de repente, se hizo la luz; y la noche ya no era oscuridad y un mundo completamente nuevo, excitante y subyugante se abrió ante nuestras narices. El poderoso influjo de la luna. O del neón. La discoteca era un invento relativamente nuevo y más aún los bares de copas, uno de los grandes inventos de la humanidad, que eran un punto de encuentro universal. No hacía falta quedar para encontrarte con tu gente (tampoco había mucha más posibilidad: no existían los móviles ni el whatsapp ni las redes para organizar quedadas multitudinarias); tú ibas allí y allí estaba todo el mundo. Tu mundo, se entiende. Sin demasiada mezcla. Cada tribu tenía sus bares, su música, su ambiente, su estilo y su forma de divertirse. Había zonas neutrales, claro, bares eclécticos donde precisamente lo estimulante estaba en la variedad. Cultura general. Sociología noctámbula. Sin duda, eran los mejores bares.

Pero, como suele pasar, con la luz llegó la sombra. En una infinita variedad de efectos primarios y secundarios. Y nos pilló a todos, otra vez, en pelotas. Desconocimiento total. Ni adolescentes ni padres, ni siquiera la sociedad, teníamos ni pajolera idea de lo que era la heroína, la coca, la maría, las pastillitas de colores. Ni cómo combatirlas, ni cómo curarlas. Ni cómo evitarlas. Al contrario, la vida te incitaba a probarlas sin más. Era la época del “hay que experimentar”, “tienes que estar al día”, “pero si no engancha”, “yo controlo”… Esas frases se llevaron a muchos por delante, y alguno más que se está yendo ahora, con efectos retardados. Fue quizá la transición más dura y cruel de todas, de la bendita ignorancia a la cruda y letal realidad.


Cómo mola mi gramola

Tal vez el mayor salto de todos, o el más representativo de la época, al menos, fue la música. Esta sí que fue una transición del blanco y negro al technicolor, al multicolor, al telefunken palcolor y al arcoíris en cadena. Pasamos de Nino Bravo, los Pekenikes, Mari Trini o Camilo Sesto a Radio Futura, Alaska, Mecano, Leño y Tino Casal, de la canción melódica y las rancheras al punk, el rock cañí, el tecno, el heavy, el pijo pop, el sex symbol de turno (para ellos y para ellas) y el fenómeno fan en general. De fuera  nos llegó más punk, más rock, más heavy, más pop, más fenómeno fan, algo de mod y de funky y demasiado tecno, además de los insoportables nuevos románticos. Mucho sintetizador, mucho playback, mucho postureo y mucha farsa. Y mucha música prefabricada. ¿Divertida? Quizá. Sobrevalorada, sin duda.
  
Se habla de riqueza musical, de eclecticismo, de creatividad a mansalva. Vale. Salvo excepciones, que las hubo y muy reseñables (en España y allende), la música de los ochenta era hortera y enlatada, superflua e intrascendente; importaba más el disfraz que la canción, el envoltorio que la música en sí. Muchos de los grupos que triunfaron en la época (a veces con una sola canción) ni siquiera sabían componer, ni cantar, ni tocar. Gritaban, provocaban y se divertían (y nos divertían, reconozco). Y contaban con la complicidad culpable de la radio (esos insufribles 40) que machacaba el hit del momento día, noche y madrugada. Afortunadamente uno tenía sus pequeños oasis, tanto en la radio (Ciclos, Vuelo 605, Radio 3, Luis Cuevas) como en la vida nocturna (El Sol, Nashville, Honky Tonk, Taste...) y, sobre todo, en el verano (la cultura musical que se respiraba en el País Vasco en general, y en Zarauz en particular, estaba a años luz). ¿Riqueza musical? ¿Eclecticismo? ¿Creatividad a mansalva? Sí. La de los 70. Y la de los grupos de los 70 que siguieron creciendo en los 80, en los 90... y aún hoy.

Pero hay que reconocer que había donde elegir. Demasiado, quizá. Así que lo suyo era que cada cual tuviera su particular gramola en casa y en el coche, su colección de vinilos y cintas “temáticas”, a gusto de cada uno y de cada momento (lentas, marcha, fiesta, viaje…). Cintas que además intercambiábamos o regalábamos asiduamente para acrecentar nuestra cultura musical, en una suerte de prehistoria del P2P.



El tebeo se hace adulto

Veníamos del Mortadelo y Filemón (otro mito inmortal en permanente resurrección), del Astérix y el Lucky Luke (el genio inconmensurable de Goscinny), de Mafalda y el mundo tierno y mordaz, inteligente y divertidísimo de Quino; y antes, del Capitán Trueno y Jabato, o de Superlópez, o del Sheriff King; y por supuesto del universo infinito de Marvel (Capitán América, la Masa, Namor, el Hombre de Hierro, Estela Plateada y el insuperable Spiderman, a años luz del resto), cuyos números mensuales esperábamos con impaciencia y coleccionábamos con fervor. Nosotros vivimos aquellos sueños desde dentro de nuestros superhéroes, a través de la lectura y la imaginación. Las nuevas películas de la factoría Marvel –otra mina de oro de procedencia ochentera- lo deja todo demasiado fácil. Creo. Pero molan.


Veníamos de toda esta riqueza tebeística pre adolescente y, casi sin darnos cuenta, nos vimos inmersos en un universo mucho más oscuro, mucho más apasionante y, sobre todo, mucho más rico visual y literariamente. El cómic de adultos, que vivió en los ochenta una época doradísima. El Creepy, el Cimoc, el 84 (Zona 84 a partir de 1985), el Comix Internacional. Las impresionantes novelas gráficas de Richard Corben y Bernie Wrightson (dos  genios que conocimos antes gracias a las portadas de Meat Loaf), el erotismo con mensaje de Milo Manara, el clásico Drácula de F. Fernández, visiones apocalípticas y distópicas de civilizaciones futuras, el terror gótico de Poe o Lovecraft, el humor negro y socarrón del Torpedo de Sánchez Abulí o la voluptuosa y letal Vampirella. Arte y literatura, con certeras dosis de sensualidad (por aquello de satisfacer al público adolescente), que engancharon a muchos miles de jóvenes españoles gracias a Josep Toutain, casi el único editor que apostó por el cómic de calidad y la novela gráfica en una sociedad recién salida del tebeo y del recato.

Afortunadamente, en los últimos años hemos vivido un potentísimo resurgir de este arte gráfico y literario, que ha tenido, cómo no, su fiel reflejo en el cine (con Sin City y Los 300 de Frank Miller como abanderados de lujo).


La Princesa prometida y otros mitos de la gran pantalla

Ya quedan pocas salas como aquellas, con sus pantallas gigantescas, sus acomodadores de librea, sus sesiones continuas y sus butacas de doble uso, según fueras con colegas o con ligue. Pero lo importante, lo verdaderamente importante es que aquella fue una época extraordinariamente rica en películas emblemáticas, de esas que son capaces de marcar a toda una generación y permanecen en la sala VIP de la memoria durante toda la vida.


Los Cazafantasmas, The Blues Brothers, Terminator, Poltergeist, Gremlins, Los Goonies, Karate Kid, Arma Letal, Robocop, Aterriza como puedas, Top Secret, Cuenta conmigo, Nueve semanas y media, Mujeres al borde de un ataque de nervios, La vaquilla… Películas menores, que quizá no fueran obras maestras pero que marcaron nuestras vidas, nos llegaron muy dentro, y aún hoy, décadas después, siguen conquistándonos en cada pase televisivo. También hubo cine de calidad, en los ochenta. Obras, éstas sí, importantes e inimitables (con algunas se ha intentado, con otras ni se han atrevido), con Blade Runner, Indiana Jones y La princesa prometida a la cabeza. Pero también Brubaker, Fama, La cosa, El imperio del sol, La misión, Memorias de África, Arde Mississippi, Platoon, Regreso al futuro, el Club de los Poetas Muertos, El nombre de la rosa, Las amistades peligrosas o Amanece que no es poco. Fue nuestro cine. No solo porque es el que nos tocó, sino porque lo hicimos muy nuestro, además. Seguimos recitando diálogos de memoria; seguimos utilizando frases, expresiones, guiños que sólo nosotros entendemos; seguimos añorando personajes que nos emocionaron y que, en más de una ocasión, cambiaron nuestra forma de vestir, de comportarnos e incluso de vivir.

Sí, esas eran y son nuestras pelis inmortales (y eso lo dice un amante empedernido del cine clásico). Como nuestra fue también la década entera. Y la seguimos sintiendo muy nuestra. Porque, en fin, fue una década emblemática, paradójica, simpática, ecléctica, estrambótica, hiperbólica, prolífica, única y hasta paródica, que diría Don Mendo. O, para entendernos, una época guay, que molaba y sigue molando. Mogollón.



Lo que vivimos
Mucha música buena, largas noches sin dormir, conciertos inolvidables, libertad de horarios, la caída del muro de Berlín, series maravillosas, la mili, el Mundial de Fútbol, la Transición, el cometa Halley, la primera consola, la época dorada de la publicidad, el último combate de Muhammad Alí y el primer KO de Tyson, La Edad de Oro, el destape, Martes y Trece, la inquietud cultural, creatividad por doquier, los dos rombos, las lentas, “KITT, te necesito”, Robin Wright, veranos interminables, la vespa, Aplauso…

A lo que sobrevivimos
Mucha música mala, las primeras resacas, aforos muy sobrepasados, los abanicos y zapatones de Locomía, las descomunales hombreras y las descomunales melenas cardadas (ellas y ellos), los años del plomo de ETA, el garrafón, la mili, el sida, la heroína, el golpe de Tejero, Chernóbil, la muerte de Félix Rodríguez de la Fuente y de Fofó, la colza, los new romantics, la moda juvenil, el sintetizador, Verano Azul, el pesado de Marco, las tribus urbanas, la moto sin casco, el coche sin cinturón, Enrique y Ana, la ruta del bacalao…



Y a partir de aquí, que cada cual continúe sus listas.


miércoles, 11 de abril de 2018

Trujillos y Ragel. Historia de una foto.


Dicen que cada imagen cuenta una historia. Esta fotografía del Capitán Trujillos descendiendo por la mítica cortadura de la Zarzuela, cuenta dos historias: una, la del jinete que dejó pasmados a los oficiales extranjeros que asistieron a la demostración; otra, la del fotógrafo que inmortalizó la escena y pasmó al mundo entero, Diego González Ragel.

 
Una mañana de primavera de 1927. Examen de fin de curso 1926-27 en la Escuela de Equitación Militar. El capitán Álvarez de Bohorques, Marqués de los Trujillos, sale con sus alumnos a clase de exterior en terrenos de Zarzuela. El lugar es perfecto para poner a prueba la destreza de los jinetes, y su arrojo: imponentes cortaduras de arena arcillosa, algunas de más de 15 metros de caída vertical, por las que deberán descender (o más bien, caer) tratando de mantenerse sobre sus monturas. Algo que lograrán muy pocos.

La míticas cortaduras de la Zarzuela
No es la primera vez que descienden por esas gigantescas dunas y barrancos los alumnos de Caballería. Pero sí es la primera vez que lo hacen ante un grupo de oficiales extranjeros, que pudieron presenciar en vivo las enseñanzas del profesor, el grado de maestría de los oficiales, el perfecto adiestramiento de sus monturas y, sobre todo, el valor sin fisuras de todos ellos, alumnos y maestro. Especialmente en el último descenso, en la imposible prueba final, la bajada de la descomunal cortadura que más tarde recibió el nombre de “Gran Trujillos”.
    
Así lo describió el célebre capitán francés De Montergon, emocionado testigo de aquella hazaña impensable: “Cuando vi la cúspide de la última bajada y comprendí lo que intentaban hacer; cuando, acometido del vértigo, me incliné sobre un corte de pico, de veinte metros, a cuyo término sólo una pendiente arenosa se ofrecía para recibirles, pensé: ¡Eso no es posible! ¡No bajarán!”

Pero bajaron. Todos. Primero el profesor, el guía; y luego todos los alumnos, uno detrás de otro, sin pensarlo, con fiel y ciega disciplina. Cayeron caballos y jinetes, lanzados al vacío de su temeridad; se voltearon unos sobre otros, en una interminable secuencia de majestuosas bajadas y apocalípticas caídas (la primera vez, salvo el profesor, ninguno acabó sobre su montura; la segunda, ni siquiera el capitán Trujillos). Al final, todos más o menos indemnes, y todos absolutamente orgullosos de su gesta.

Un año después, el examen de fin de curso se celebró en los mismos terrenos. El profesor también era el mismo, el Marqués de los Trujillos (a la sazón uno de los mejores jinetes españoles de todos los tiempos, que ese mismo año de 1928 logró, en Amsterdam, la primera medalla de oro para España en unos Juegos Olímpicos en saltos por equipos; pero esa es otra historia que ya hemos contado aquí). En esta ocasión, con un testigo aún más excepcional: Alfonso XIII. El Rey, orgulloso de sus oficiales, quedó sin embargo tan impactado, que prohibió la repetición de la prueba al día siguiente, como estaba establecido. Orden que, por cierto, su amigo el capitán Trujillos desobedeció, con todos los respetos hacia Su Majestad, claro. Sin embargo, los jinetes españoles habían dejado en lo más alto el prestigio del Arma de Caballería que, como demostraron una vez más, no reconoce obstáculos. Días después, el Rey envió un mensaje de felicitación al maestro y sus alumnos: "por la disciplina, entusiasmo y decisión demostrados en la bajada de las cortaduras". 

Ragel, repórter fotógrafo
De ambas sesiones fue también testigo Diego González Ragel. Y gracias a su pericia y maestría con la cámara, todos nosotros también. Las dieciséis fotografías del reportaje gráfico de 1927 (publicado en la revista Blanco y Negro y numerosas publicaciones extranjeras) le otorgaron la fama, no sólo por el interés de las proezas representadas, sino también por su habilidad técnica y por la modernidad de sus composiciones.

Nacido en Jerez, en 1893, fue sin embargo en Madrid donde ejerció su carrera como repórter, según él se definía, pues le interesaba más contar que retratar. Destacó principalmente como fotógrafo deportivo, especializado en caza, automovilismo e hípica; pero también fue íntimo retratista de la familia Sorolla; y editor de una revista bélica durante la contienda civil; y fotógrafo personal del general republicano José Riquelme; y, a pesar de su pasado republicano, fotógrafo oficial del Banco de España desde 1941 hasta su muerte, en 1951.


Ragel supo retratar como nadie el Madrid de la posguerra, el cotidiano, el de la calle; pero también el de la aristocracia y la vida bohemia (tuvo una intensa vida social), y el de las cacerías y las carreras de coches o de caballos, y el de los grandes hechos históricos, como la despedida de Alfonso XIII a Miguel Primo de Rivera, camino del exilio, en la estación de Atocha. Pero tal vez el episodio más relevante de su carrera fue el encargo de inmortalizar las transferencias del oro y la plata que partieron del Banco de España hacia Moscú; ocultó los clichés durante la guerra, y a su término los entregó al Ministerio de Hacienda, lo que permitió recuperar parte del dinero en París.

Olvidado durante décadas, hace unos años se organizó en Madrid una exposición que reunía, por primera vez, los fondos de su archivo personal e inédito; más de un millar de imágenes que constituyen un legado único y un interesantísimo testimonio de una época y de una vida: la de Ragel, “fotógrafo notario de todo, protagonista de nada”. Un inmenso legado que se puede encontrar en internet.

Hoy, gracias a Ragel y a su talento podemos admirar y enmudecer ante esta impresionante imagen (y toda la serie de las cortaduras) que protagonizó el capitán Trujillos (mi abuelo). Y si no la estuviéramos viendo con nuestros propios ojos, exclamaríamos como el capitán francés: "¡Eso no es posible! ¡No bajarán!”


lunes, 2 de abril de 2018

Sergio y Juanma Aznárez. Lo que de verdad importa es la sonrisa



«Me llamo Sergio, soy ciego y tengo autismo. Soy una persona muy feliz.» Dicen que las desgracias nunca vienen solas, y tal vez sea verdad, si queremos verlo así. En el caso de Sergio Aznárez podemos pensar que una desgracia (nacer sin ojos) vino acompañada de otra (un autismo severo); y quizá tendríamos razón. Pero también podríamos pensar que esas presuntas desgracias vinieron acompañadas de una bendición, con nombre y apellidos: Juanma Aznárez, el hermano mayor de Sergio. El mejor ángel de la guarda que Sergio podía haber soñado, y también el mejor compañero de aventuras, el mejor amigo, el mejor cómplice. Yendo un poco más allá en la reflexión, podríamos pensar que para Juanma y sus padres el nacimiento de un hermano/hijo ciego y autista fue también una desgracia, una carga, una limitación a su felicidad. Sin embargo, para ellos fue también una bendición, y una ilimitada fuente de felicidad. No es la típica frase bienintencionada, o un pensamiento buenista, estando donde estamos. Es lo que dice —con hechos contundentes— la historia de estos dos hermanos, el maravilloso viaje que han vivido juntos a lo largo de treinta años. Y lo dice muy alto y muy claro. Tan alto y tan claro como las palabras que pronunció Sergio en su presentación del congreso Lo Que De Verdad Importa. «Me llamo Sergio, soy ciego y tengo autismo. Soy una persona muy feliz.»

Sergio nació sin ojos; en realidad, el nombre oficial es microftalmia severa, lo que significa que tenía los ojos del tamaño de una cabeza de alfiler. El resultado es el mismo: ceguera total. En cualquier familia, aquello podía haber supuesto un drama terrible, pero la reacción de la madre de Sergio dejó poco lugar para la duda: «¡Anda, pues la vida igual empieza a ponerse interesante ahora!». Juanma tenía año y medio en aquel entonces y, obviamente, no comprendió la trascendencia de esa frase. Con los años entendió que el de su madre fue el gran ejemplo de cómo hay que tomarse la vida. Y aprendió muy bien la lección. Desde que tiene memoria, Juanma recuerda estar siempre al lado de su hermano menor, ayudándolo, entendiéndolo, compartiéndolo todo. Los momentos buenos y los regulares (malos, malos, no recuerda haber tenido). «Crecimos juntos. Pasamos la varicela juntos. Hemos pasado por todo, con nuestro padre y nuestra madre, con la moto. Éramos una familia que nos sentíamos realmente afortunados. Una de las cosas que decía mi padre era que Sergio era un milagro. Para el que lo supiera entender, venía con un mensaje casi de otra dimensión. Y claro, con esos dos mensajes, de padre y de madre, yo creo que ya nos estaban dando mucho desde muy pequeños…» En efecto, los Aznárez se sienten plenamente afortunados con la vida que les ha tocado. Por todo lo que tienen, por todo lo que pueden hacer —y lo que han hecho—, por todo lo que han aprendido unos de los otros y de sí mismos; cosas que no todos aprendemos y que probablemente ellos no habrían aprendido de no haber contado con la ayuda inestimable de Sergio. Una actitud positiva, generosa, ilusionada e ilusionante, disfrutona, entregada a la vida con pasión. Y tremendamente contagiosa.
            Y no “a pesar” de lo Sergio, sino precisamente por ello.


Tenía que ser la música

Desde los primeros días, la familia Aznárez se dio cuenta de que la ceguera de Sergio no venía sola. Además de no ver, el pequeño Sergio no respondía a ciertos estímulos, y no sabían bien por qué. Simplemente se agarraba a su madre, o a su padre y poco más. Con año y medio fue sometido a un sinfín de operaciones; le pusieron unas prótesis, según los médicos para evitar que se le deformara la cara; le quitaron piel de los brazos para ponérsela en los ojos. Con sólo un año y medio de vida. Tampoco hablaba, ni gateaba, ni reaccionaba, sólo rechazaba; y llegaron a pensar que todo ese rechazo era consecuencia del trauma provocado por tanta operación. Tan sólo movía la cabeza compulsivamente, de un lado a otro, sin parar. Casi era lo único que hacía.
            Nadie tenía una respuesta a lo que le pasaba a Sergio. Y con los años no mejoró. Más bien lo contrario. Sufría crisis de pánico continuamente, hiperventilaba, se arañaba la cara. Intentaron un tratamiento de estimulación precoz, que a Sergio no le gustaba en absoluto. Pretendían enseñarle a subir escaleras, lo que era una barandilla, un escalón, pero a él le daba exactamente igual lo que era una barandilla o un escalón, se plantaba ahí y se negaba a subir las escaleras, simplemente. «Podían pasar muchos minutos, incluso horas, hasta que Sergio dijera “sí” o “qué”. Hacían falta horas para lo más básico entre lo básico, para que conectara con el mundo, para que asimilara lo que intentábamos decirle. Pero lo que quería y necesitaba era otro tipo de estímulos.» En el colegio, los profesores intentaban estimularle de diferentes maneras, dejando que Sergio interactuara con los demás alumnos. Pero los resultados eran similares: nulos. Todo era muy experimental, y muy poco efectivo.

Hasta que llegó la música. Y todo cambió. De repente, de estar desconectado, de estar completamente ausente, de no hablar, no disfrutar, ni siquiera estar, pasó a una nueva situación radicalmente distinta. Una amiga de la familia, Mati, les presentó a un amigo profesor de música. A ver si en la sala de música, pensó, tocando los instrumentos, hay algo que le guste. Y vaya si le gustó. En aquella sala, rodeado de instrumentos y estímulos sonoros, de música, de magia, Sergio se transformaba en otra persona. Se movía, reaccionaba, andaba, disfrutaba, tocaba. Incluso cantaba. El poder de la música. Y no sólo era una cuestión de terapia, de meros estímulos, Sergio poseía un verdadero don para la música, lo que se denomina oído absoluto. Tenía cuatro años. Estuvo dando clases durante dos décadas, hasta que su profesor, Pepe, sufrió un ictus y perdió, además del habla y otras funciones del cerebro, sus habilidades musicales. Lo bonito de esta historia es que el profesor, a través de su alumno, volvió a recordar la música, volvió a aprender, volvió a interpretar. Fueron redescubriéndolo juntos, Pepe y Sergio, intercambiando los papeles de una manera maravillosa. Otra gran lección de vida.



Un tándem inseparable. E insuperable

Aparte la música, hubo otro punto de inflexión en la infancia de Sergio que también marcó las diferencias. Su madre acudió a una conferencia de Ángel Riviere, el mayor experto mundial en autismo, y le pidió si podía ver a su hijo. Riviere accedió y, efectivamente, le diagnosticó autismo, trastorno de Kanner con patrón de soledad mental; un autismo bastante severo acompañado de ceguera, lo que suponía un problema muy complicado, muy difícil de trabajar.
            En aquellos años Sergio, de la mano de su hermano Juanma, aprendió a disfrutar un poco de la vida, más allá de la música. Juntos jugaban, se tiraban a la piscina, se reían. Formaban un buen tándem ya desde pequeños. Pero también seguía teniendo sus momentos difíciles Sergio: se arañaba, se mordía, rompía su ropa, rompía muebles, le rompía las gafas a su hermano —y a cualquier extraño con gafas que pillara por la calle—, llegó incluso a tirar a su gato por la ventana, siete pisos. «Pero no le pasó nada», apunta Sergio. Bueno, no exactamente, aclara Juanma: «El gato sobrevivió, aunque con la pata rota por tres o cuatro sitios, y luego engordó porque se movía poco…» En realidad, no había maldad, era la etapa en la que Sergio estaba investigando.

A los dos hermanos les llegó el momento de trasladarse a Madrid desde su Cuenca natal. Juanma a un internado y Sergio a la ONCE, donde tuvo alguna dificultad para entrar debido a su autismo; no sabían cómo trabajar con él. Tardaron dos años en aceptarlo, pero finalmente entró. Y allí aprendió, entre otras muchas cosas, a leer y escribir en braille y a desenvolverse solo en su mundo de oscuridad. Era como una esponja, con una capacidad inagotable de aprender. Hizo también grandes amistades y empezó a vivir pequeñas aventuras con su hermano Juanma, preludio de las grandes aventuras que compartirían después. «Yo le recogía y nos íbamos a Cuenca en tren. La verdad es que nos lo pasábamos bastante bien. Era como un reto que nos hacía especiales. No me parecía un problema. Me encantaba llegar al colegio de la ONCE y saber que me habían dado un permiso para que, siendo menor de edad, me dejaran recoger a mi hermano; luego nos metíamos en el metro, llegábamos a la estación y nos subíamos al tren… a veces cuando ya había arrancado. Recuerdo haber metido en marcha a mi hermano y las maletas, y el empleado de turno gritando: “¡Pero bueno, ¿estáis locos, chavales?!”»

Juanma quería hacer otras cosas en la vida, tenía otras inquietudes, sentía otras llamadas, y dejó el internado para aventurarse hacia un nuevo mundo para él, Inglaterra. Un verano para aprender inglés, se dijo. Pero se quedó cinco años, trabajando en una empresa de eventos. Disfrutó enormemente de la experiencia, hizo muchos amigos, una gran familia. Pero le faltaba su hermano. Fue también una fantástica experiencia para Sergio el día que abandonó su casa en Cuenca, sus horarios, su orden, su seguridad y se fue a vivir una temporada a Brighton, a esa casa de locos entrañables que se habían convertido en la nueva familia de Juanma. Y que acogieron a Sergio como su hermano favorito desde el primer instante. Amigos del alma, de los de verdad.
       Después de aquellos años en Inglaterra, Juanma se fue a descubrir el Sureste Asiático durante seis meses. De Hong Kong a Singapur, con su mochila, y a ver qué pasaba por el camino. «Me lo pasé genial, conocí gente increíble y no paraba de pensar en mi hermano. Allá donde iba, pensaba: “¡Qué bien se lo pasaría Sergio aquí!” y me preguntaba por qué no me lo había llevado conmigo. Yo les decía a mis padres que un día me iba a llevar a Sergio a Tailandia, y que ya veríamos si volvíamos…» Pero la idea salió de su madre, y fue una de las mejores sorpresas de su vida: se fueron a Tailandia los tres. Sergio disfrutó como un niño cada momento, cada sensación, cada pequeña experiencia; la textura del país, los olores, el sonido de los templos… 

Demostró una vez más que no era un simple acompañante, sino el mejor de los compañeros de viaje. «Se portó fenomenal, no se quejaba del cansancio ni de nada. ¡Con lo quejica que había sido, hasta decir me planto, me voy, me araño! Ahí nos dimos cuenta de que era un crack y podía con todo». Y todo aquello se trasladó a Cuenca, a su vida diaria. Ahora Sergio va a la piscina, al gimnasio, practica yoga, canta en el coro, hace percusión… y ha llegado a dar clases de claqué. «Así es Sergio, donde lo pongas, disfruta». También le encanta la poesía, y recita de memoria su favorita: «Soy un guardador de rebaños. / El rebaño es mis pensamientos / y todos mis pensamientos son sensaciones. / Pienso con los ojos y con los oídos / y con las manos y los pies / y con la nariz y la boca. / Pensar una flor es verla y olerla. / Comerse una fruta es conocer su sentido. / Por eso, cuando en un día de calor me siento triste de disfrutarlo tanto / y me acuesto estirado en la hierba, / cierro los ojos calientes, / siento todo mi cuerpo acostado en la realidad / y soy feliz.»



La sonrisa verdadera

Juanma y Sergio llegaron a un punto en el que sintieron la necesidad de contar sus experiencias y aprendizajes mutuos. Para ellos era algo importante, algo grande, y así llamaron precisamente a la página de Facebook con la que empezaron a compartir su historia, Algo Grande para Sergio. Y algo grande fue también el siguiente viaje que emprendieron juntos, muy juntos: nada menos que en tándem hasta Marruecos. «Pensamos ir en tándem a ver a Mati, la maestra y amiga de Sergio, que vivía en Marruecos, y para eso pedimos un montón de apoyos, hablamos con gente famosa, hicimos un crowdfunding; y aquello empezó a crecer, a hacerse una pelota que parecía un sueño. Y era un sueño. Cuando lo pienso me pregunto cómo lo hemos conseguido. Y creo que ha sido porque nuestro sueño era contagioso.» Ese sueño contagió a muchísima gente anónima que colaboró para hacerlo realidad, y también lo apoyaron famosos como Matías Prats, Isabel Gemio, Roberto Brasero, Mónica Carrillo, Santi González… que actuaron como propagadores del contagio. Se recorrieron las televisiones con un vídeo casero en el que mostraban su sueño, se lo enseñaron también a cantantes, actores, presentadores, y la pelota se iba pasando de unos a otros. Auténtica viralidad. Y Juanma, alucinado, preguntándose una y otra vez ¿pero qué pasa aquí? «Pasaba que había una cosa auténtica, que es el Sergiete, y ganas de tener una experiencia que todos querían saber cómo se iba a desarrollar. Y encima nosotros queríamos hacerlo con un pedazo de equipo de rodaje. Para que os hagáis una idea, al final fuimos diez personas, más nosotros dos y una persona de producción local en Marruecos. En todos los sitios de España nos dejaron dormir, nos dieron de comer, porque conocían el proyecto y les fuimos pidiendo esos apoyos. Entramos en Marruecos con todo ese equipo de rodaje. Nosotros íbamos con nuestro tándem, y también iba un coche delante con el equipo que había estado haciendo toda la preproducción, otro coche de rodaje y otro más donde iba el fisio, una persona muy importante para Sergio.» Fue una experiencia realmente especial, un viaje precioso y una historia de superación increíble; durante un mes recorrieron mil seiscientos kilómetros a golpe de pedales y de solidaridad, de reencuentros y de superación, de ilusión y de sonrisas. 

El objetivo era grabar un documental para mostrar al mundo que no hay límites a los sueños, que todo se puede si lo deseas realmente, aunque hayas nacido ciego y autista. El documental se llamó “La sonrisa verdadera” y también resultó ser altamente contagioso: se estrenó en el Festival de Málaga, en la sección oficial; y luego llegó hasta Filipinas, donde tuvo lugar el estreno internacional en un festival que se celebró en Manila —estancia que aprovecharon los hermanos para recorrer el país durante un mes con la mochila a la espalda—; y de ahí a Saint Louis, Nueva York y otras ciudades de Estados Unidos y después otras muchas ciudades en España y otros países. Más de treinta festivales y un sinnúmero de premios, nominaciones, menciones… «El sueño hecho realidad. No puedo ser más feliz. En cada festival hemos vivido experiencias increíbles.» Y después de los festivales, de ese tour mundial contagiando la sonrisa de Sergio por todo el planeta, llegaron nuevos viajes y experiencias. Y es que la vida de Sergio, al lado de su hermano Juanma, es un continuo viaje, y un permanente aprendizaje. Para ambos. «De la experiencia de vivir con Sergio me quedo con los valores que él nos transmite. Es una persona que tiene muchísimo valor, en el sentido de que se atreve con todo. Confía, sabe que le va a gustar y se lo pasa genial.»


El don de contagiar

Dicen que las personas ciegas desarrollan los demás sentidos de una manera especial, y es muy cierto en el caso de Sergio. Él tiene extraordinariamente desarrollado el sentido del coraje, el de la generosidad, el de la lealtad, el de la gratitud, el de la sinceridad. Sergio no tiene dobleces, y tampoco tiene celos ni envidia. Ni está condicionado por los convencionalismos o lo políticamente correcto. Y tampoco te traiciona nunca. No tiene doble fondo, no hay en él una escala de grises. Es o no es, le gusta o no le gusta. «No se para a interpretar, al contrario que nosotros, que estamos todo el día interpretando qué efecto vamos a causar. Que si hay que sonreír, que si el protocolo… Sergio no tiene nada de eso, lo cual le libera de una carga muy grande, y ese es otro de sus valores. Otra de las cualidades de Sergio es su capacidad de contagiar su estado de ánimo; y al mismo tiempo una extraordinaria sensibilidad de captar el estado de ánimo de quienes tiene alrededor. Y contagiarse de él; en lo positivo y en lo negativo. Y con efecto multiplicador. «Nuestros padres nos lo contaron, y yo lo agradezco muchísimo, porque nos ha obligado a ser mejores personas. ¿Qué necesidad hay de ir contaminando si puedes ir dando alegría? Sergio tenía el don de que, si tenía al lado a alguien enfadado, rápidamente se ponía nervioso, rompía algo, se quería ir, se arañaba. Si por el contrario había buen ambiente, si había gente que disfrutaba, él te acompañaba, y lo sigue haciendo. Los amigos me dicen que siempre estoy contento; y les respondo que no, que tengo mis momentos, como todo el mundo, pero no me gusta ir por ahí soltando mal rollo. Tú puedes ir por la vida diciendo a todo que está fatal o que todo es estupendo, y al final te contagias. Y eso con Sergio es muy importante.»


Juanma, sin embargo, lo que más admira de su hermano es su generosidad, su entrega total. Y lo que más necesita de él, siempre, es su compañía. Simplemente tenerle a su lado, compartir experiencias y confidencias, abrazos, sonrisas, complicidad. Y aprender. La vida de Sergio es una lección continua, permanente, inagotable. «A mí me ha enseñado a mirar la vida muy de frente y a valorar que el placer que buscamos realmente reside en el placer del otro, en que haciendo cosas por los demás nos sentimos bien.» Todos somos seres sociales, y esa es una de las cualidades del ser humano. Nunca debemos perderlo de vista. Hacer que otras personas disfruten es como nosotros vamos a disfrutar realmente. Esto es lo que de verdad importa para Sergio y Juanma, una permanente lección de generosidad y entrega que nos enseñan como mejor se enseñan las lecciones importantes: con el ejemplo de sus vidas. 

La historia de Sergio y Juanma es uno de los capítulos del último libro de la Fundación Lo Que De Verdad Importa, que he tenido el honor de escribir.