martes, 7 de mayo de 2013

Regreso al futuro: Todos quisimos conducir ese DeLorean.


Todos, estoy seguro, hemos tenido alguna vez el deseo, el sueño imposible, de viajar en el tiempo; al pasado o al futuro, inmediato o lejano, solos o acompañados, en un vehículo más o menos científico o vía desintegración molecular; por morbo, por curiosidad, por ambiciones ocultas o por puro capricho. Vivir en directo una época ajena a la nuestra es una utopía universal, sí, pero nadie, que se sepa, la ha hecho realidad. Bueno, salvo Marty McFly y su inseparable Doc. ¿O eso era una película?
 

 
Primera escala: 5 de Noviembre de 1985
Este fin de semana vi con mis hijos Regreso al futuro, la película dirigida por Robert Zemeckis en 1985. Una magnífica excusa para realizar un viaje al pasado por escalas y volver a vivir, en nostálgico diferido, lo que sentimos y experimentamos con esta aventura de encuentros, reencuentros y desencuentros. Una historia que marcó a toda una generación, y que aún mantiene su huella intacta. Porque todos, hace 28 años, un 5 de noviembre de 1985, fuimos Marty McFly. Todos subimos con el estrafalario Doc al DeLorean DMC-12 («si vas a construir una máquina del tiempo, por qué no hacerlo con estilo»), todos marcamos la fecha mágica 05.11.55 en el reloj temporal del salpicadero y todos aparecimos en el Hill Valley, California, de 1955 para vivir una emocionante, intensa y divertida peripecia. Sí, desde aquella adolescente tarde de cine, todos hablábamos del “condensador de fluzo” con la misma naturalidad que de la gasolina de la vespa y comentábamos sin pestañear que sólo el plutonio era capaz de generar los 1,21 gigavatios de energía eléctrica necesarios para arrancar el De Lorean; aunque, por si acaso no funcionaba el invento, nos agenciamos un monopatín, un “plumi” sin mangas granate y los walkman con las pegadizas canciones de Huey Lewis.
 

Segunda escala: verano de 1980
Pero retrocedamos un paso más en nuestro viaje al pasado. Al día en que nació la original –y millonaria- idea. Fue allá por el verano de 1980, cuando el productor Bob Gale, hurgando en el sótano del domicilio paterno, se encontró con el anuario de instituto de su padre y se preguntó: ¿Habría sido amigo de mi padre si hubiera coincidido con él en el instituto? ¿Cómo sería conocer a tus padres de jóvenes, con tu misma edad? Gale y su amigo Zemeckis comenzaron a dar forma a la idea y un fin de semana de septiembre escribieron el guión. Una vez terminado, lo ofrecieron a diversos estudios («Es la historia de un chico que viaja al pasado y su madre se enamora de él»), pero fue rechazado por todos (demasiado fuerte para Disney; y demasiado blando para los demás). Sólo el visionario Steven Spielberg intuyó una gran película y se ofreció para producirla. Después de unos años en el limbo, y a raíz del éxito de Tras el corazón verde, Zemeckis se decidió a rodar su guión, confiando el proyecto a quien había confiado en él desde el principio: Steven Spielberg.
    La intuición del Midas de Hollywood no pudo ser más acertada. Y la perseverancia de Robert Zemeckis y Bob Gale obtuvo su merecida recompensa. La película recaudó 210 millones de dólares, convirtiéndose en la más taquillera de 1985 (por delante de Rambos, Rockys y Goonies); y también en la más rentable, ya que había costado tan sólo 19 millones de dólares. Pero además, Regreso al futuro entró a formar parte de la leyenda del cine, y hoy es considerada como una auténtica obra de culto. Y no sólo para nuestra generación.


Tercera escala: 1895
Pero ¿cuál es el secreto del éxito de Regreso al futuro, de su inmortalidad cinematográfica? No es, desde luego, la originalidad del argumento. Los viajes en el tiempo habían sido tratados casi un siglo antes, en la literatura. En 1895, H.G. Wells ya desveló en su novela La Máquina del Tiempo cómo construir un ingenio viajero que permitiera trasladarse cómodamente por los recovecos del futuro, concretamente al año 802.701. Incluso Mark Twain se había adelantado a H. G. Wells, que en 1889 publicó Un yanqui en la Corte del Rey Arturo, relato que narraba las vicisitudes de un moderno viajero en la caballeresca Edad Media británica. Y unas décadas después otro visionario, Ray Bradbury, nos desveló las consecuencias del “efecto mariposa” durante el viaje de sus protagonistas a la prehistoria, en El ruido de un trueno, cuento publicado en 1952.
    Tampoco el secreto de su éxito es la originalidad de sus personajes (adolescente con problemas de socialización-matón-amigo extravagante-chica redentora), ni sus efectos especiales, ni el tono liviano, de puro entretenimiento, sin mayor pretensión que divertir al espectador mientras devora palomitas. No. La inmortalidad de Regreso al futuro fue una conjunción de muchos factores: el humor, la música, el ritmo trepidante, la elección de Michael J. Fox y Christopher Lloyd, los guiños generacionales (Doc: «Dime, chico del futuro, ¿quién es el presidente en 1985? Marty: Ronald Reagan. Doc: ¿Ronald Reagan? ¿El actor? ¡Ja! ¿Y quién es el vicepresidente? ¿Jerry Lewis?») y, por supuesto, los viajes en el tiempo, pero vistos desde una perspectiva bastante original: cómo sería la relación entre padres e hijos si se conocieran con la misma edad, y cómo esa relación podría determinar el futuro y hasta la propia existencia («Ningun McFly ha llegado a ser alguien en toda la historia de Hill Valley». «Sí, pero la historia llega a cambiar»). Y una vuelta de tuerca más: ¿qué pasaría si tu madre, una joven bella y extrovertida, se enamorara de ti?
 
Pasado, presente y futuro se entremezclan con inteligencia a lo largo de toda la película, al igual que el humor y el amor, el rock y la acción, la emoción y la insensatez científica. Y una curiosa y divertida interpretación del “efecto mariposa” que definió Bradbury, que se da a lo largo de toda la historia; un ejemplo: el centro comercial donde Doc muestra por primera vez la máquina del tiempo a Marty se llama Twin Pines Mall (Pinos Gemelos), pero después de que en su aterrizaje en el pasado atropelle uno de los dos pinos del granjero Peabody, pasa a llamarse Lone Pine Mall (Pino Solitario).
 
Al final, la posibilidad de remediar los errores cometidos volviendo al pasado y la curiosidad de ver lo que reserva el futuro fue un argumento muy bien aprovechado por Zemeckis y Gale al construir el guión (partiendo del álbum escolar paterno) y luego perfectamente trasladado a la pantalla grande, con gran maestría cinematográfica, por el propio Zemeckis (y, suponemos, por el toque mágico de Spielberg).
 
Todos querían viajar al pasado
No sólo los fans, y espectadores en general, de Regreso al futuro deseábamos viajar en el tiempo, aunque fuera sentados en nuestras butacas. Otros compartían nuestro deseo, solo que ellos tuvieron más suerte, o más influencia, y lograron formar parte de la película (y de la leyenda). Como el vagabundo que farfulla «¡Otro conductor borracho!» cuando Marty regresa a 1985, y que no es otro que el verdadero alcalde de Hill Valley en 1955, Red Thomas; o el cantante Huey Lewis, que es el examinador que rechaza por ruidoso a Marty cuando realiza las pruebas para el baile del instituto de 1985 (precisamente interpretando la canción “The power of love” de Huey Lewis & The News); o el mismísimo Steven Spielberg, que es el conductor del todoterreno al que se aferra Marty con su monopatín, en 1985. Y hasta Chuck Berry, aunque sea una no-aparición: cuando Marty interpreta en el baile de 1955 Johnny B. Goode, nadie conoce la canción, ya que fue compuesta por Berry en 1958; el guitarrista que se había lesionado la mano llama por teléfono y dice: «¡Chuck!, ¡Chuck!, ¡soy Marvin!, tu primo Marvin Berry! ¿Recuerdas ese nuevo sonido que has estado buscando? ¡Pues escucha esto!» Un guiño paradójico-musical que resume perfectamente el espíritu de esta gran película.
 
Un espíritu que sigue burbujeando en nuestra memoria 28 años después y que, de vez en vez, se reaviva con renovada fuerza. La cruda realidad es que ya no estamos para montarnos en monopatín, que ya no nos cabe el “plumi” sin mangas y que ya no sobrevive ni el walkman. Pero siempre nos quedará el DVD. Y los sueños.

 

martes, 23 de abril de 2013

Real como la vida misma. De Sherlock Holmes a Peter Pan

Arthur Conan Doyle se graduó en la Universidad de Edimburgo en 1881 y abrió una consulta de oculista; seis años después, ante la pertinaz ausencia de pacientes, decidió probar suerte escribiendo un relato detectivesco. Sólo necesitaba un tipo de detective diferente, original; entonces, se acordó de su antiguo profesor, el agudo, observador y deductivo doctor Joseph Bell; ese mismo año de 1887 nació Sherlock Holmes. Como el detective de Conan Doyle, muchos otros personajes novelescos han sido inspirados por personas reales, desde Tom Sawyer o Drácula, hasta Crusoe, Peter Pan o el mismísimo Dr. Jekyll. Y Mr. Hyde, claro.

 
Escocia, finales del siglo XIX, una noche de invierno tras una cacería, alrededor de una reconfortante chimenea. Un eminente cirujano mantiene en vilo a la docena de invitados con sus malabarismos deductivos: “La mayoría de la gente ve, pero no observa. Fijaos: en cierta ocasión entró un hombre en el aula donde yo estaba dando clase. Caballeros, les dije, este hombre ha sido soldado en un regimiento escocés y, probablemente músico de su banda. Les hice observar su fanfarrón modo de caminar y su baja estatura, que demostraba que de ser soldado, tuvo que serlo como músico. Aunque al principio el hombre lo negó acabó confesando que, en efecto, fue gaitero en un regimiento escocés (y además desertor, de ahí su reticencia). Entonces uno de mis alumnos exclamó: El doctor Bell bien pudiera ser Sherlock Holmes. A lo que yo respondí: Mi querido señor, yo soy Sherlock Holmes”.
            En efecto, el propio Conan Doyle reconoció abiertamente su inspiración a la hora de crear al más famoso detective de la literatura universal. El doctor Bell siempre insistía a sus alumnos en la enorme importancia de los pequeños detalles, en el infalible poder de la observación y la deducción, que ponía permanentemente en práctica tanto en sus clases como en sus diagnósticos médicos. Y opinaba que el desarrollo de esta facultad podía transformar la vida monótona de cualquier persona en un mundo emocionante y diferente. Es lo que hizo, con creces, su alumno Conan Doyle.
 
Otro alumno aventajado del profesor Bell fue Robert Louis Stevenson, aunque a la hora de crear al honorable doctor Jekyll y su reverso tenebroso Mr. Hyde no se inspiró en el deductivo doctor, sino en el ciudadano modélico de día y ludópata ladrón de noche William Brodie. Concejal del Ayuntamiento de Edimburgo, próspero comerciante y rector de una comunidad masónica, Brodie ocultaba una vida secreta tras su virtuosa máscara: dos amantes simultáneas, con las que tuvo cinco hijos; robos a bancos y comercios durante más de 18 años (sin levantar sospechas); y una desmedida afición por el juego y los bajos fondos. Su buena racha de impunidad expiró en 1786, tras aliarse con unos ladrones de baja estofa y dar un fallido golpe a las oficinas centrales de recaudación; aunque Brodie logró escapar, uno de sus cómplices lo delató para librarse del destierro. Murió ahorcado el 1 de octubre de 1788… y resucitó casi un siglo después de la mano de Stevenson su obra El diácono Brodie y su doble vida, estrenada en Londres en 1844 y editada dos años más tarde como novela con el inmortal título de El extraño caso del doctor Jekyll y mister Hyde, que nos mostró “la íntima y primitiva dualidad del hombre”.
 
Otra terrorífica realidad es la que inmortalizó (y nunca mejor dicho) el irlandés Bram Stoker en 1897 con su novela Drácula. Aparte de ciertas leyendas medievales sobre mitos chupasangres y la reconocida inspiración en el relato El Vampiro de William Polidori (doctor personal de Lord Byron, cuyo carácter inspiró a su vez este primigenio relato vampírico), el protagonista de la obra de Stoker nació en la Rumanía del siglo XV bajo el apelativo de Vlad V. el Empalador, también conocido como Draculaea, que significa “hijo del demonio” en rumano. Este tirano, que gobernó Valaquia entre 1452 a 1462, hizo alarde de su brutal sadismo en guerras y represalias posteriores, llegando a empalar en largas estacas a más 40.000 prisioneros. Stoker también pudo haberse inspirado en la sanguinaria condesa húngara Isabel Bathory, que pretendía conservar su hermosura bañándose en la sangre de jóvenes doncellas, a las que torturaba y desangraba colgándolas en cadenas. Finalmente, la sádica condesa fue condenada a morir emparedada, episodio que aparece reflejado en el cuento de Stoker El huésped de Drácula.

Más amable resulta el personaje de Robin Hood, ladrón legendario donde los haya, y al que se refiere un manuscrito descubierto recientemente en la biblioteca de la famosa Escuela Eton, fundada por Enrique VI en 1440: “En esta época, según la opinión popular, un ladrón con el nombre de Robin Hood y sus cómplices, infectaron Sherwood y otras regiones respetables y honradas de Inglaterra con sus continuos robos”. La referencia no es más que una breve anotación al margen de un libro de historia, el Polychronico, escrita en latín al parecer por un monje anónimo. No es mucho, pero al menos abre la posibilidad de que personaje tan universalmente atractivo fuera una realidad; aunque no sepamos si, efectivamente, robaba a los ricos para dárselo a los pobres o para redecorar su castillo.
 
Cierta noche de 1704, en algún lugar de los Mares del Sur, tuvo lugar una acalorada discusión a bordo de un barco pirata entre el capitán y su primer piloto, de nombre Alexander Selkirk. Tras el altercado, el piloto fue abandonado en la deshabitada isla de Juan Fernández, en la que permaneció durante cuatro largos y solitarios años. Rescatado en 1709, Selkirk fue trasladado a Inglaterra, donde el periodista Daniel Defoe conoció su aventura (o desventura) y rescribió en 1719 bajo el título de "La vida e increíbles aventuras de Robinson Crusoe”, oficialmente la primera novela de habla inglesa. Es posible que Dafoe se inspirara también en las peripecias del español Pedro Serrano, que en 1526 naufragó en algún punto del Caribe y permaneció ocho años en un islote perdido, con uno de sus marineros, sin agua potable y sin apenas comida pero con mucho ingenio, valor y esperanza.
 
Por orden del tirano Hessler, el arquero Guillermo Tell disparó a una manzana colocada sobre la cabeza de su propio hijo, Walter, desde una distancia de 150 pasos. Su delito, no haberse inclinado ante el paso del invasor austriaco. El certero disparo y los sucesos que luego acontecieron fueron recogidos por primera vez 200 años después en las crónicas suizas del escritor Aegiidius Tschudi, en el siglo XVI. Al parecer se inspiró en multitud de leyendas y relatos de arqueros medievales, pero especialmente en uno: el escocés Gilpatrick, que fue obligado a disparar su flecha contra un huevo colocado sobre la cabeza de su hijo. Por obra y gracia de Tschudi, el arquero escocés se convirtió en el personaje más popular del folklore suizo.
            También la literatura infantil tiene sus mágicos personajes reales. Tal es el caso de la Alicia de Charles Lutwidge Dodgson, más conocido como Lewis Carroll. Su famoso cuento está lleno de referencias a la vida, la sociedad y los conocidos del escritor, pero su inspiración indiscutible es su amiga de la infancia Alice Pleasance Liddell. El cuento nació una calurosa tarde de julio de 1862, de picnic a orillas del Támesis con las tres hermanas Liddle; Dodgson comenzó a relatar una serie de historias disparatadas a las que llamó "Las aventuras subterráneas de Alicia" , y que encandilaron a las tres niñas, especialmente a Alice. Cuatro meses después, comenzó a escribir el manuscrito y a dibujar las ilustraciones. Finalmente se publicó en 1865, dedicado a Alice Liddell; como detalle final, el autor incluyó un retrato ovalado de la niña en la última página.
 
 
Un caso muy similar al de Alicia y Alice Liddle es el de Peter Pan y Peter Llewelyn Davies. El escritor James M. Barrie, gran amigo de la familia, comenzó a desarrollar la idea de su relato a partir de la amistad con Peter y sus hermanos, con los que jugaba a menudo y para los que creaba pequeñas obras de teatro que ellos mismos representaban. Esa convivencia, trufada de juegos y aventuras imaginarias, se plasmó primero en una obra de teatro, Peter Pan (1904) y luego en un libro, Peter Pan y Wendy (1911), que más tarde el propio Barry desarrolló en otros relatos y novelas. También Mark Twain recogió experiencias de su entorno vital para plasmarlas en sus geniales aventuras de Tom Sawyer; Tía Polly estaba inspirada en su madre y Tom en el propio escritor, junto con rasgos de “tres amigos”; Hunkleberry Finn era Tom Blankenship, el hijo del borracho de su pueblo, Hannibal (Missouri); y, según reconoce él mismo: “La mayoría de las aventuras que refiero en este libro son reflejo de la realidad; uno o dos me han ocurrido a mí mismo; el resto son anécdotas de otros niños, compañeros míos de la escuela”.

Para crear su legendario personaje El Zorro, Johnston McCulley se inspiró en bandidos reales de California durante la Fiebre del Oro, a mediados del s. XIX; uno de ellos fue Joaquín Murrieta, también conocido como el Robin Hood de El Dorado, forajido para unos y para otros héroe patriótico y símbolo de la resistencia contra la dominación yanqui en California.  Muchos otros personajes de la ficción literaria fueron personas reales antes de nacer: el Conde Montecristo fue el inocente zapatero Picaud; James Bond fue un tímido ornitólogo de nombre… James Bond; Cyrano de Bergerac, escritor, poeta y militar vivió realmente en el s. XVII con el nombre de Cyrano de Bergerac Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac; y el estricto capitán Blight fue tan real como el motín del HMS Bounty, 146 años antes de que fuera encarnado magistralmente por Charles Laughton en el cine.
 
 
 
 
 

jueves, 18 de abril de 2013

Es país para viejos (obligado homenaje a nuestros mayores).


En la durísima novela de Cormac McCarthy, el estado fronterizo de Texas no es país para viejos porque el sádico y frío Anton Chigurh se encarga de que muy pocos lleguen a la edad madura. Pero España no es Texas. Aquí sí llegamos a viejos; y cada año son más nuestros mayores. Más en número y más en edad. La clave está en cómo transcurre su vejez, con qué grado de dignidad, o de soledad, o de compasión. La clave está en cuánto amor les entregamos nosotros, todos, para mantener viva su llama.
 

Vivimos malos tiempos para los abuelos. A lo largo de los últimos años hemos logrado dinamitar los dos pilares básicos que los sustentaban: la familia y la dignidad humana. La mismísima Declaración Universal de los Derechos Humanos define la familia como “el elemento natural y fundamental de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del Estado”, pero en España cada vez está menos protegida, especialmente por el Estado, y son miles y miles los abuelos que sufren las consecuencias (se sienten fuera de lugar, no pueden ver a sus nietos, se ven abandonados, marginados, olvidados...).
    Y si además vivimos en una sociedad donde se escuchan cada vez más altas las voces en pro de “la muerte digna”, ese siniestro eufemismo que es el primer paso hacia el cadalso de la eutanasia por decreto. La consecuencia, o la causa quizá, es nuestra decreciente capacidad de compasión; miramos hacia otro lado, nos auto convencemos de que es la mejor solución para todos, anestesiamos nuestra razón y nuestro corazón y decidimos que los viejos sobran, que no sirven, que sólo estorban. Un lastre indeseado e incómodo. 
 
Asesinato por compasión
Y claro, en nombre de la muerte digna haremos como esas dos entrañables y simpáticas asesinas de “Arsénico por compasión”, que se deshacían con toda amabilidad (y un té envenenado) de los viejos solitarios que tenían la desgracia de aterrizar en su pensión, y cuyos cadáveres enterraban cuidadosamente en el sótano, a espaldas del mundo, del agente de policía O’Hara y especialmente de su sobrino Mortimer Brewster (grandísimo Cary Grant en la versión cinematográfica de Frank Capra). Ya lo hizo, con la misma excusa de la compasión, el asesino en serie de Olot, quien envenenó a once octogenarios que estaban a su cuidado en el centro geriátrico La Caritat (cruel paradoja), donde trabajaba como celador. Pero Joan Vila, que “ayudó a morir” a los once ancianos inyectándoles lejía, está más cerca del siniestro doctor Montes que de las encantadoras tía Abby y tía Martha Brewster, partiendo de que ni unos ni otras tienen derecho a decidir quién puede vivir y quién debe morir, y mucho menos a ser el brazo ejecutor. Eso se llama jugar a ser Dios. O, cuando menos, Anton Chigurh, el asesino de “No es país para viejos”.
 
Por supuesto que hay ancianos que lo pasan mal, que sufren enfermedades terribles, que malviven con míseras pensiones, que se encuentran desvalidos y abandonados a su suerte, que van pasando de un hijo a otro en degradante turno, que  permanecen anestesiados durante horas frente al televisor, que simplemente estorban y han perdido toda ilusión por vivir. Sólo hay que echar un vistazo a la Hoja de Caridad del periódico un domingo cualquiera, o pasarse por un comedor social de Cáritas un día cualquiera, o visitar un centro geriátrico cualquiera en cualquier pueblo o ciudad de España. La tristeza y la soledad golpean sin piedad sus almas, y la pobreza y los malos tratos golpean sus cuerpos con inhumana crueldad. Por eso, con ellos, no hay que escatimar cariño ni cuidados; todo lo que necesiten y más. Es nuestra responsabilidad, como sociedad, como familia y como individuos. Debemos mirarnos menos el ombligo y mirar más sus arrugas; las de fuera y las de dentro. Y aplicar los “cuidados paliativos” a su sufrimiento, no a su aliento vital. Porque los abuelos son lo mejor que tenemos y lo que más debemos cuidar.
 
Envejecimiento Activo
Decía García Márquez que el secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad. Puede que los viejos deban, por fuerza, aprender a soportar la soledad, pero una vejez solitaria nunca puede ser buena. Es, precisamente, la soledad lo que hace más infelices a nuestros mayores, la sensación de abandono, de inutilidad. Y es la compañía, el afecto, la comprensión lo que les da la vida; y lo que hace esa vida realmente digna. No se trata de asegurarles una “muerte digna” según el criterio de un celador, un médico o un familiar, cualesquiera que sean sus intenciones últimas, sino de procurarles una vida digna, cada día, cada minuto. Si hay alguien que se lo merece, con absoluta certeza, son nuestros mayores, nuestros abuelos. Porque ellos lo han dado todo por nosotros y, lo que es más, lo siguen dando. Si les dejamos. Según el psiquiatra infantil Kornhaber, los abuelos ocupan un lugar destacado en la vida de los niños, «sólo los padres están por encima de los abuelos en su jerarquía del afecto». «Son como libros vivientes y archivos de la familia», añade Kornhaber. Son también el elemento transmisor de la experiencia y los valores, los encargados de ayudarnos a comprender principios hoy olvidados con demasiada frecuencia, y sin embargo esenciales para una buena vida familiar: tradición, generosidad, memoria, religiosidad, sacrificio, humanidad...
 
 
«Cuando me dicen que soy demasiado viejo para hacer una cosa, procuro hacerla enseguida»; muchos de nuestros mayores siguen la consigna de Picasso con entusiasmo. En un mundo que envejece rápidamente, las personas mayores activas desempeñan un papel cada vez más importante, con su ejemplo y con su trabajo voluntario, cuidando a personas enfermas o dependientes, e incluso a sus propias familias: lo estamos viendo ahora, en estos tiempos de crisis, en que son los abuelos quienes han sustituido a las guarderías... y al subsidio. Como Isabelu, que comparte sus escasos ingresos con su hija menor y su yerno (ambos en paro), para que no les falte un pollo en su mesa ni un biberón en la cuna de su bebé.
        O como Laura, que va a buscar a sus nietos al colegio, da clases de inglés («aunque jamás lo hablaré»), ayuda en un comedor de Cáritas y aprende solfeo con su nieta de 7 años. O como Alfredo, que a pesar de arrastrar una hemiplejia desde hace treinta años, hoy, a sus casi ochenta, no ha perdido un ápice de ánimo ni de humor ni de pasión por el fútbol y los paseos. O como Manuel, que a pesar de sus problemas de visión, un tumor cerebral (ya superado) y la muerte reciente de su esposa (aún no superada), prefiere vivir en su casa y no molestar a sus hijos, aunque todos se han ofrecido a acogerle: «tengo una visión positiva de mi vida. Si la vista me deja, dibujo, leo y cuando puedo me hago un viaje. Me fui a Florencia con mi nieta mayor, ella empujaba mi silla de ruedas; yo la hacía reír». O como Ina, que trabajó durante 60 años en la misma familia, primero cuidando a los hijos y luego a los nietos, hasta que la salud se lo permitió; y en sus últimos años fue ella la que se dejó mimar por unos y otros, que fueron su verdadera familia (su familia “de sangre” se desentendió de Ina muchos años atrás). O como Íñigo, que a sus setenta y pico años sigue practicando surf casi todos los días (cuando hay olas), además de enseñar a sus nietos y dirigir la tienda que fundó hace más de tres décadas en Zarauz; o como Paco y Rosa, que siguen recogiendo el heno y ordeñando a sus nueve vacas a diario, sin acordarse de que entre los dos suman más de siglo y medio. Y como ellos, miles y miles de mayores que pueden y quieren ser útiles a la sociedad. Sólo tenemos que dejarles.
 
Ya sabes, si tienes una persona mayor en tu familia, cuídala, mímala, llénala de afecto y de nietos, haz que se sienta útil; y, sobre todo, querida. Y si ves un anciano por la calle o en el parque, salúdale como si le conocieras, sonríele con sinceridad e incluso siéntate a charlar con él. Seguro que te lo agradecerá infinitamente; y seguro que tú aprendes una valiosa lección (de historia, de generosidad, de humanidad). Dice un proverbio oriental “Gobierna tu casa y sabrás cuánto cuesta la leña y el arroz; cría a tus hijos, y sabrás cuánto debes a tus padres”. Pues eso, ya es tiempo de pagárselo. Y con intereses.

 

lunes, 1 de abril de 2013

Javier Sartorius. De la raqueta a la Cruz.


Tres de la mañana. Una noche lluviosa y lúgubre de julio. Después de más de dos horas subiendo el abrupto camino, en plena oscuridad, un peregrino se detiene ante la imponente puerta de madera del milenario Santuario de la Virgen de Lord, a 1.180 metros de altitud, en el prepirineo leridano. El peregrino golpea la pesada aldaba una y otra vez hasta que los sorprendidos habitantes de la Comunidad abren la puerta. «¿Cómo te llamas?» pregunta uno de ellos. «Javier» contesta el peregrino. «¿Javier qué?» insiste el monje. «Sólo Javier». Sin apellidos, sin pasado. Esa noche, después de toda una vida de búsqueda e inquietudes, Javier dio el paso definitivo hacia sí mismo, hacia el silencio, hacia el vacío material. Hacia Dios.



Javier Sartorius Milans del Bosch era un joven extrovertido, apuesto, de noble cuna, carismático y deportista. El ‘zurdo de oro’. Legendarios eran sus partidos de tenis con su hermano Fernando, como pareja o adversario, en Zarauz y Madrid; y el día que ambos arrebataron dos juegos al tándem Casal-Sánchez Vicario, el Tenis de San Sebastián rebosó de pancartas y vociferantes ‘hooligans’ (todos familiares y amigos) rendidos ante la hazaña de sus héroes. Juntos, Javier y Fernando, marcharon a Estados Unidos a estudiar Administración de Empresas, carrera que abandonaron casi al empezar para dedicarse a surfear las olas de California, ganar campeonatos de pádel, entrenar a las estrellas de Hollywood y, de paso, ingresar unos dólares vendiendo aspiradoras a domicilio o cuidando jardines. Sol, playas, diversión, chicas, deporte. Javier lo tenía todo. O no.
Fue precisamente en Los Angeles donde Javier comenzó a sentir una creciente inquietud por la vida espiritual, un poco confusa al principio (llegó a pasar por el Hare Krisna). En 1989 fue Campeón USA de pádel; el año siguiente, misionero en Cuzco con Los Siervos de los Pobres del Tercer Mundo. Fue tal el shock espiritual que provocó la vida de pobreza y sacrificio absolutos, que decidió entrar en el seminario, en Toledo. Pero Javier no estaba hecho para estudiar («ni siquiera se puede copiar», decía) y tampoco para el sacerdocio. A él le iba más la vida contemplativa, la oración, incluso la soledad, a pesar de su personalidad extrovertida. Un compañero de seminario le habla entonces de la Comunidad de Lord y es allí donde encamina su vida, dejando todo su pasado atrás. Sólo quiere encontrarse a sí mismo. 

«Algún día en cualquier parte, en cualquier lugar indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas», escribió Pablo Neruda. Ese día resultó ser una lluviosa noche de julio de 1992; cualquier lugar, el Santuario de Lord. Y no fue la más amarga, sino la más feliz de sus horas. Y aunque dejó su pasado al otro lado de la milenaria puerta, su personalidad entró con él. Javier revolucionó, a su manera, la tranquila y silenciosa vida de los monjes. «Tenéis el cuerpo abandonado» sentenció, y montó un gimnasio; bastante primitivo, pero que aún hoy mantiene en forma al padre Jordana, a sus 90 años. Incluso llegó a conquistar a las monjitas de clausura, cuyas puertas se abrieron por primera vez a un varón en mil años de historia; «Vamos a hablar con ‘Sor Javier’», decían en el recreo, a pesar del estricto silencio impuesto. También revolucionó su vida: de la raqueta a la azada; de las fiestas playeras al estricto régimen de oración y estudio de la Biblia; de entrenar a las estrellas de Hollywood a pastorear un rebaño con más de 100 ovejas, a las que había puesto nombre una a una; del cálido sol californiano a los 10 grados bajo cero de su celda. Él era feliz así, viendo a Dios en lo cotidiano, con su trabajo, su oración, su soledad, su Cruz desnuda, como la de Cristo. No necesitaba nada más («había una persona tan pobre, tan pobre, tan pobre que sólo tenía dinero», le encantaba decir). Su familia lo apoyó devotamente; excepto su padre, que no llegó a entenderle. Entregándose a todos, robusteciendo su fe, Javier pasó los siguientes años en Lord. Disciplinado y perfeccionista, aceptó volver al seminario en Barcelona, que esta vez superaba con brillantes calificaciones, incluido el latín, aunque sin pretender en ningún momento abandonar su vida monástica cuando recibiera las sagradas órdenes (una vez más rompiendo normas).
 
Ya en 2006, una dolencia gástrica acabó convirtiéndose en su verdadera cruz, primero de dolor y finalmente de muerte. El 21 de junio moría en el monasterio cisterciense de San Miguel de Dueñas, donde era tratado de su enfermedad. Tenía 44 años. En el silencio del Monasterio, sólo mitigado por el tenue cántico de los monjes, ante el cuerpo inerte de su hijo, el padre de Javier sollozó, «Ahora lo entiendo todo». Unos años después, se reunió con él en cuerpo y alma; compartiendo sepulcro en Lord y vida eterna en un santuario aún más alto.

«Puedes ser tenista de fin de semana. Pero para jugar en primera, hay que entrenar duro todos los días, y muchas horas. Sólo así se gana», solía decir. Javier fue un campeón en todo cuanto hizo, en el trabajo físico, en la oración, en el estudio, en la caridad, en la simpatía, en el cariño hacia su familia, en amigos, en carisma…
Es curioso, pero a pesar de su juventud y de haber elegido la vida monacal, solitaria, de espaldas al mundo, Javier dejó su impronta grabada en las almas de miles de personas a lo largo de su vida, y después de su muerte. Tenía una energía especial, contagiosa y benefactora, que legó a todos los que le conocieron y quisieron. Y que aún hoy llega con fuerza a todos los que le rezan. O a los cientos de peregrinos de toda procedencia que llegan cada año al Santuario de Lord, a dejarse llenar por el alma de aquel visitante sin pasado que una noche tormentosa atravesó la pesada puerta… y se quedó para siempre.

 
Hace poco más de una semana, la madre de Javier, su más devota admiradora, su más rendida fan, abandonó este mundo después de quince años de dolorosa enfermedad… y seis de penosa ausencia. Javier era su tabla, su sostén, su muleta, su hombro, su paño; y su sonrisa. Sin él, todo se hizo más doloroso. Más insoportable. Más desesperanzador. Hoy, el cáncer ya no está. El dolor tampoco. Ni la ausencia. Hoy, el alma de Memé (la tía Memé) estará abrazando a Javier, besando a Javier, riendo con Javier, jugando al tenis con Javier. Así sea.








jueves, 7 de marzo de 2013

Cirque du Soleil: Laliberté, Fraternité, Genialité


El circo, desde siempre, es sinónimo de magia, de fantasía, de sorpresa, de espectáculo, de fascinación. Pero su mejor definición está escrita en el rostro de un niño, de cualquier niño, la primera vez que asiste a una función circense. Y es exactamente la misma expresión que se escribe en el rostro de un adulto, de cualquier adulto, cuando acude por primera vez a una función del Cirque du Soleil. Y todas las demás veces. Una magia que nació en las calles de Quebec y ahora fascina al mundo entero.



Cuando llegas a una función del Cirque du Soleil lo primero que sientes es que te envuelve una atmósfera especial. El color, la estética, la música, el vestuario, la puesta en escena… poco a poco percibes que te estás adentrando en un mundo mágico y sorprendente, algo que no habías conocido, ni siquiera imaginado, en tu vida anterior. Una sensación que se transforma automáticamente en fascinación en el instante de comenzar el espectáculo, con el primer foco, con la primera nota, con la primera aparición. A partir de ese momento, tu boca ya no se vuelve a cerrar, tus ojos no se atreven a parpadear y tus manos y tu corazón no cesan de aplaudir hasta que se apaga el último foco, hasta que se pierde la última nota.
            Entre el primer y el último instante, han pasado ante tus asombrados ojos bufones, trovadores, saltimbanquis, acróbatas, contorsionistas, malabaristas o payasos, decenas de artistas que realizan proezas imposibles porque, sencillamente, no son de este mundo. Esta es la esencia del Cirque du Soleil, una nueva concepción artística que, partiendo de los números circenses tradicionales, añadió vestuario, coreografía, música, iluminación, glamour, argumento y diferentes disciplinas para crear un espectáculo absolutamente innovador, cuyo objetivo final es, en palabras de su fundador: “asombrar y dejar al público sin aliento”. Tal cual.


Magia callejera

No siempre fue así, claro. Aunque sí ha mantenido intacta su atmósfera de mágica fascinación, el Cirque du Soleil nació del arte callejero. Su fundador y alma creativa, Guy Laliberté (1959), ya tenía la certeza a los 16 años de que dedicaría su vida a las artes escénicas. Comenzó tocando el acordeón en un grupo de música folk (La Gueule du loup) por las calles de Quebec, su ciudad natal, y después por Europa, donde aprendió otro ancestral arte ambulante: el de tragar fuego. A su regreso a Quebec, en 1979, se unió al grupo de échassiers (caminantes con zancos) de Gilles Ste-Croix; juntos organizaron una feria de verano en Baie Saint Paul, a la que se unió el futuro socio de Laliberté, Daniel Gauthier. Les Échassiers de Baie-Saint-Paul recorrieron las calles de la localidad sorprendiendo a los transeúntes con su espectáculo visual de bailarines, acróbatas y tragafuegos. Una experiencia que el verano siguiente repetirían en Quebec.
            En los años posteriores cambiaron su nombre por Le Club des talons hauts pero no su actividad callejera. En 1982 organizaron un gran festival cultural en Baie Saint Paul al que asistieron artistas callejeros de todo Canadá; la convocatoria fue un éxito y una experiencia que sembró en las mentes de Laliberté y Ste-Croix la idea de fundar un circo. Un año después convencieron al gobierno para subvencionar un espectáculo que recorrería en 1984 todo el país como parte de los festejos que celebraban el 450 aniversario del descubrimiento de Canadá. Le Club recibió 1,5 millones de dólares y se convirtió en Le Grand Tour du Cirque du Soleil, primera vez que se utilizó el término que acabaría siendo reconocido en todo el mundo. Un “montaje dramático de artes circenses y esparcimiento callejero”, como reseñaba su espíritu fundacional.

El tour resultó un éxito, aunque no financieramente. Con 60.000 dólares en el banco, Laliberté solicitó al gobierno una nueva subvención, que le fue concedida (a regañadientes) y le permitió estrenar una segunda temporada de Le Grand Tour, que pasó a llamarse simplemente Cirque du Soleil. Era el mes de mayo de 1985. El reto era ahora convertir al grupo de artistas callejeros en un verdadero circo. Añadieron música, dramatización, nuevos artistas, números innovadores y mucha imaginación y nació su primer espectáculo, La Magie Continue. Recorrieron Canadá con una carpa para 800 espectadores, con gran éxito de público y crítica, a pesar de lo cual bordearon de nuevo la quiebra.


Invocar la imaginación, incitar a los sentidos

Después de tres años de duro trabajo y sinsabores financieros, en 1987 logran salir de Canadá por primera vez. Su destino, el Festival de Artes de Los Angeles. Sólo viaje de ida, pues ni siquiera disponían de fondos para poder regresar a Quebec. Lo reconoce el propio Laliberté: “Aposté todo a esa noche. Si fallábamos, no habría dinero para regresar a casa”. Afortunadamente ganó la apuesta y la triunfal presentación de su producción Cirque Réinventé permitió que el Cirque du Soleil no sólo sobreviviera, sino que comenzara una carrera imparable hacia el firmamento del show business. Después de Los Angeles llegaron otras ciudades americanas y luego Europa y Japón; la carpa para 800 personas se transformó en la Grand Chapiteau actual, con capacidad para 2.500; en 1992 se instaló el primer espectáculo fijo, en el Mirage Hotel de Las Vegas y, a partir de ahí, la conquista del mundo, un nuevo show cada dos años (van ya 22) y unos beneficios millonarios con cada gira.
            Aquel grupo de 20 artistas callejeros y 50 empleados de Le Club que en 1984 definieron su misión como “invocar la imaginación, incitar a los sentidos y evocar las emociones de la gente en todo el mundo” alcanzan hoy los 5.000 empleados –de ellos 1.300 artistas- procedentes de 50 países, con 22 espectáculos que han fascinado –y siguen fascinando- a más de 100 millones de espectadores. El sueño de un visionario llamado Laliberté hecho mágica realidad.


Buscadores de tesoros 
 
Las claves que explican el éxito del Cirque du Soleil a lo largo de estos casi treinta años pueden resumirse en tres: originalidad (mezcla de circo, arte, danza y teatro, además de reinventarse en cada espectáculo); perfección (sólo valen los mejores, cada número es sinónimo de excelencia técnica y estética); y emoción (conexión total con el espectador, ofrecerle una experiencia realmente única de principio a fin). Para lograrlo no vale cualquiera, claro. Y esta sea tal vez su mayor dificultad: encontrar el talento adecuado. A esa labor se dedican sus “buscadores de tesoros”, 60 expertos que rastrean el mundo en busca de artistas, gimnastas, deportistas de élite (muchos medallistas olímpicos) que quieran prolongar su carrera. Sólo tienen que cumplir dos requisitos: excelentes condiciones atléticas y expresividad, capacidad de dar vida a un personaje.
            El atleta o artista idóneo será luego entrenado durante meses en un estudio/laboratorio especial, con sede en Montreal. Allí aprenderá a potenciar sus cualidades físicas y, sobre todo, a transmitir emoción, a actuar en el escenario. Aprenderá también a convivir con personas de multitud de países y culturas; y a trabajar para el equipo, para el éxito de la compañía, no para su ego. El reto de cada producción del Cirque du Soleil es ser mejor que la anterior; todos, desde el director artístico hasta la encargada del guardarropa, son conscientes de que siempre están a un paso del fracaso, que el éxito en el pasado no garantiza el futuro; y es esta preocupación, bien gestionada por los directivos, la que obliga a cuidar hasta el detalle más nimio y buscar permanentemente la perfección y la creatividad.
 

La vida en el Cirque du Soleil no es fácil, obviamente. El trabajo es duro, el entrenamiento es exhaustivo y en algunos espectáculos los artistas están viajando durante años (Saltimbanco lleva de gira desde 1992); pero esto crea también unos lazos entre el personal que no se dan en ninguna otra organización. Además, la compañía cuida al máximo la calidad de vida de sus trabajadores, incluidas sus familias (hay programas de estudios para los hijos). Cada cual encuentra sus propias razones para pertenecer a esta gran familia circense: Para Fernando Dudka, equilibrista argentino, “Vengo del mundo de la gimnasia y aquí tienes más capacidad para expresarte”; a David Chala, percusionista cubano, lo que le atrae es que “dentro del número siempre queda un pequeño hueco para la improvisación”; y al español Pablo Gomis, payaso, le motiva viajar y descubrir que “el humor cambia de un país a otro”.
            A Guy Laliberté, su fundador, además de ver cumplido su sueño y haberse convertido en multimillonario, le motivan otras dos buenas causas: sacar a los niños de la calle a través de su programa Cirque du Monde y combatir la pobreza mundial facilitando el acceso al agua potable con la Fundación One Drop, creada en 2007. La buena causa que nos motiva a los espectadores es, simplemente, soñar durante un par de horas y vivir una experiencia que perdurará toda la vida.


Un atardecer en Hawai.

El nombre Cirque du Soleil (Circo del Sol) nació una tarde de 1984, mientras Laliberté admiraba una puesta de sol durante un viaje a Hawai; buscando una denominación para su nuevo espectáculo optó por usar el término en francés soleil, como símbolo de “juventud, dinamismo y energía”. Un nombre que transmite, en cualquier país del mundo, el espíritu, la magia y la personalidad original, intransferible del Cirque du Soleil. Sólo intentaron cambiarla una vez… y la lección quedó aprendida: Sucedió en la primera actuación fuera de las fronteras de Québec, en Notario, cerca de las Cataratas del Niágara. Como el público era mayoritariamente anglosajón, Laliberté decidió adaptar el nombre al inglés y denominarlo Circus of the Sun. El espectáculo fracasó. Las razones fueron probablemente variadas, pero la lección que aprendió Laliberté es que al perder su nombre perdieron también su originalidad, su esencia. Su magia.
 
El último show estrenado en España, Kooza. Que lo disfruten.
 
 

viernes, 22 de febrero de 2013

Lo que el viento se llevó / rosas al aire arrojadas


El 30 de junio de 1936 se publicó una de las novelas más legendarias, más vendidas y más traducidas de la literatura americana. Tres años después, esa novela se convertía en una de las películas más legendarias, más taquilleras y más grandes del cine americano. Para muchos, la más grande de todos los tiempos.




Margaret Mitchell, periodista de carácter y dama del Viejo Sur, tardó diez años en escribir su obra inmortal —que, por cierto, comenzó por el capítulo final y luego fue completando de manera más o menos desordenada—. Y aunque no tenía especial intención de publicarla, y cuando lo hizo no aspiraba a vender más de cuatro o cinco mil ejemplares, sólo unos meses después de ese 30 de junio, en Navidad, ya se habían vendido un millón de copias; un año después ganó el prestigioso Premio Pulitzer de novela; después vinieron otros premios y luego el celuloide y, finalmente, el mito. Con el tiempo, se ha convertido en uno de los best sellers más vendidos de todos los tiempos: 28 millones de ejemplares en más de 300 países y en 27 idiomas.


Las primeras palabras —del medio millón que contiene el libro— nos dan una pista clave de su éxito: «Scarlett O´Hara no era bella, pero los hombres no solían darse cuenta de ello hasta que se sentían ya cautivos de su embrujo, como les sucedía a los gemelos Tarleton». Ése tal vez sea el secreto, el embrujo que Escarlata O’Hara ha ejercido a lo largo de siete décadas sobre millones de lectores en todo el mundo, de todas las culturas, de todas las épocas. Y junto a Escarlata, unos personajes más grandes que la vida, un retrato de la Historia Americana —y por extensión, universal— preciso y fascinante; una historia rebosante de Amor, Odio, Honor, Familia, Guerra, Celos, Miseria, Grandeza, Lucha, Valor, Felicidad, Drama, Romanticismo, Orgullo, así, todo en mayúsculas. Porque todo en esta novela está escrito en mayúsculas, y todo lo que se generó a su alrededor también. Sobre todo, claro, la magnífica —en todos los sentidos— adaptación cinematográfica.


La película más grande jamás filmada

David O. Selznick, siguiendo su instinto de productor y los consejos de su editora, Kay Brown, había vislumbrado la grandeza que encerraba esa historia de amores y guerras y honor y esclavos y Escarlata y Rhett y Ashley y la Tierra Roja de Tara. Y, al contrario que la protagonista, no lo dejó “para mañana”. Compró los derechos de la novela por 50.000 dólares, una cifra récord para la época, y comenzó a planificar la película más grande jamás filmada. Una tarea que resultó tan monumental y tan fabulosa como la propia película.

Y es que desde su pre-producción, Lo que el viento se llevó se convirtió en un fenómeno social, que trascendió lo puramente cinematográfico —hasta se comercializaron perfumes, cremas y camisas con el nombre de la película—; y no era para menos: más de 15 guionistas trabajaron en la adaptación de la novela  —finalmente Sidney Howard firmó el magnífico texto definitivo—; 5 directores pasaron por el set de rodaje —Reeves Eason, Sam Wood, William Cameron Menzies, George Cukor y Victor Fleming, el único acreditado—; a lo largo de dos años de casting, 1400 desconocidas y 100 estrellas realizaron pruebas para el ambicionado papel de Escarlata que se llevó la inglesa Vivien Leigh —entre otras, Joan Crawford, Paulette Godard, Lana Turner y Katharine Hepburn—; para el espectacular incendio de Atlanta, se utilizaron 7 cámaras —todas las disponibles— y se quemaron los descomunales decorados de King Kong y Rey de Reyes; y para la grandiosa escena de la estación, la mitad de los miles de soldados heridos eran muñecos —no había llegado aún la era digital—. Después de 3 años de preproducción y 125 días de rodaje , la obra magna de Selznick —auténtico artífice de la película— se estrenó el 15 de diciembre de 1939 en la ciudad de Atlanta, con la suntuosidad de una coronación; el alcalde declaró tres días de fiesta oficial. El año siguiente batió un nuevo récord al ganar 8 Oscars, incluyendo película, director, actriz principal y guión.

 
Y si la novela había sido un éxito sin precedentes en Estados Unidos, el fenómeno que supuso la película fue inconmensurable en todo el planeta. De hecho, es la única película que no ha dejado de proyectarse ni un solo día en alguna parte del mundo desde su estreno. Y es que jamás volverá a hacerse una película tan perfecta como ésta, tan completa: con un guión magistral, fidelísimo a la novela original; una banda sonora maravillosa, unos decorados espectaculares, unos personajes profundos, conmovedores e inolvidables, una fotografía bellísima en novedoso Technicolor, unos actores en estado de gracia —todos: Vivien Leigh, Clark Gable, Leslie Howard, Olivia de Havilland, Thomas Mitchel y, claro, Hattie MacDaniel, la oscarizada y entrañable Mamita—, un dominio de las emociones prodigioso, unas secuencias épicas y unas frases memorables, que han trascendido a la novela y a la película para formar parte de nuestras propias vidas.
 
En fin, una forma de hacer y entender el Cine que ya no se estila. Y que nos hace rememorar aquellos tiempos pasados que tal vez fueron mejores y el viento se llevó. Como lamenta Ernest Dawson en su poema Cynara, en donde Margaret Mitchell halló el título de su novela: «Lo que el viento se llevó / rosas al aire arrojadas / que vuelan alborotadas / para que, en su danza, olvides / tus lirios, hoy ya marchitos».

Afortunadamente, siempre nos quedará el DVD.

 
El embrujo de Escarlata en el Palafox

Una tarde de Navidad de 1980, hace ya más de treinta años, mis padres me llevaron al Cine Palafox ("El mejor cine de Europa"); por aquellas fechas se proyectaban en Madrid no pocas películas estupendas para un quinceañero, naturalmente más para ver y disfrutar con amigos que con los jefes. Así, lo que vieron mis ojos ese día no fue El liguero mágicoAterriza como puedas, ni siquiera Forajidos de leyenda o El imperio contraataca; no, afortunadamente lo que vi aquella tarde adolescente en el Palafox fue una oportuna reposición de Lo que el viento se llevó. En pantalla gigante, con todo su espectacular esplendor, palomitas dulces y el obligado intermedio tras la inmortal secuencia bajo el roble crepuscular y ese escalofriante «A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a pasar hambre...». Aquel día, y para siempre, me enamoré perdidamente del CINE. Casi tanto como Escarlata de la tierra roja de Tara.